Descubriendo al profesor César Lévano

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    El maestro en su rica biblioteca de su casa en el distrito del Rímac. (Foto: Lotta Burenius)
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    Una evocación libre del periodista y maestro César Lévano hecha por un exalumno de San Marcos.

     

    Por Jaime Cabrera Junco

    Había dejado mi fijación por la medicina para seguir periodismo y al averiguar qué profesores de prestigio había en San Marcos, un nombre resaltaba entre todos. Se trataba del profesor César Lévano. No había Google a fines de los 90 (disculpen la vejez), así que el nombre de este maestro me sonaba porque en ese momento era uno de los panelistas de Ampliación de Noticias, en Radio Programas. Era el comentarista de mayor edad de la mesa y, por cómo lo trataban, se notaba que era muy respetado. Sus intervenciones marcaban la diferencia con sus compañeros: la firmeza al hacer las preguntas incómodas que muchos procuran evitar para no ‘fastidiar’ al entrevistado. La primera referencia de él, entonces, más que escrita fue auditiva. Este periodista curtido probablemente sería mi profesor y algo de tranquilidad me había devuelto la esperanza en este giro en mi vocación.

    Una vez ya en San Marcos indagué sobre qué cursos y a qué ciclos enseñaba Lévano y vi que tendría que esperar hasta el quinto ciclo para tener la posibilidad de escucharlo. Enseñaba Cultura de Actualidad, Periodismo de Investigación y Periodismo de Opinión; estos dos últimos cursos de especialidad. En los trabajos de los primeros ciclos me encontraba su nombre al bucear en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional. Vi que había trabajado en la revista Caretas, que era el bravo de las entrevistas con los políticos que ostentaban el poder, y que había sido maestro de su tocayo César Hildebrandt. Entonces se trataba de un personaje de quien un aspirante a periodista podría aprender mucho. Además, eran claras sus convicciones de izquierda, que lejos de un rollo manido y sin sustancia, transmitían una sensibilidad especial para remarcar la desigualdad, el aprovechamiento de pocos en desmedro de muchos.

    Llegó el momento en que me tocó ser su alumno. El curso se llamaba Cultura de Actualidad y las expectativas eran grandes. Desde la ventana del aula 2A se apreciaba su menuda figura desplazándose a paso fatigado con un bastón. Con terno azul y la cabeza plateada, este César se cruzaba con su tocayo Vallejo en forma de busto de metal, colocado a pocos metros de la entrada de la Facultad de Letras. En una mano empuñaba el bastón y sobre su hombro llevaba un maletín lleno de papeles y, sobre todo, de libros. Era el año 2001 y había ocurrido el atentado contra las Torres Gemelas. El maestro ya tenía el último libro de Noam Chomsky que explicaba la ira musulmana contra Occidente. Por otro lado, hacía poco que EE.UU. había aplicado el llamado ‘Plan Colombia’ para erradicar los cultivos de hoja de coca, y Lévano invitaba a las clases a expertos como Hugo Cabieses y Roger Rumrill. Un día se armó un debate de polendas cuando invitó a un grupo de periodistas cubanos de Prensa Latina y la discusión fue derivando sobre el significado de la libertad de expresión.

    Si algo distinguía a este profesor de otros, era su gran generosidad para prestarnos sus libros para fotocopiarlos, y así acceder a lecturas vitales que no figuraban en los sílabos tan sosos de la escuela de comunicaciones. Recuerdo que nos invitó a leer Seis propuestas para un nuevo milenio, de Italo Calvino, y también la vez en que nos compartió los ingeniosos artículos de Víctor Hurtado, acaso nuestro Globe Trotter de la palabra.

    Lévano no se ceñía a un sílabo, se ceñía a la realidad que nos gritaba en ese momento. Nos animaba a leer como herramienta, como un alimento que nos iba a nutrir en la escritura. A veces se desprendía por varias semanas de sus libros que mostraba en clases. A veces, seguro más de un granuja le cabeceaba sus libros, pero Lévano era tan generoso que compartía el conocimiento, y como ningún docente nos motivaba a mirar la vida más allá de las aulas universitarias. El periodismo, a través de él, no solo era un oficio, era una manera de contribuir a mejorar nuestra jodida realidad.

    Con los demás cursos que me enseñó la dinámica fue la misma. Más lecturas, más discusión, más invitados complacidos de platicar con unos desorientados estudiantes en materia política. Creo que ese es el mejor recuerdo del maestro.

    Años después, ya de egresado, seguí su trayectoria como columnista y director de diarios. Cuando en 2015 fui a recogerlo a San Marcos para un evento de la Casa de la Literatura, vi que su salud física había mermado. Su ánimo y humor disminuido, sobre todo desde el fallecimiento de su esposa, Natalia. Cuando lo cesaron de San Marcos debido a la nueva ley universitaria, fue una estocada fatal. No ocultaba su dolor.

    Cuando quise entrevistarlo hace dos años para un reportaje sobre Juan Gonzalo Rose lo noté irritado, con una molestia que se había empozado. El trato áspero que recibí por teléfono lo atribuí a que llamé seguramente en un mal momento. Tiempo después, en una visita a su casa del Rímac, comprobé que ya no podía movilizarse y que para evitarle complicaciones habían trasladado su cama a su estudio del primer piso. Lévano dormía rodeado de libros, a pocos metros de su computadora, de sus recortes y material de investigación sobre el movimiento obrero peruano.

    Imagino que así habría pasado sus últimos días, rodeado de sus libros. Durmiendo con la cultura vuelta palabras al alcance de la mano. Algo que acarició siempre desde sus artículos, entrevistas y columnas. Labor tenaz, honesta que le valió el respeto incluso de quienes discrepaban de él. Viejo maestro Lévano, siempre en gracia con los libros. Gracias por eso.

     

     

     

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