“Contra la memoria” y contra las coartadas

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    El escritor Francisco Ángeles realiza algunas precisiones a propósito del conversatorio Contra la memoria: nuevas formas de mirar el pasado en la narrativa peruana de la década del 2010 que organizamos el pasado 28 de marzo en la Casa de la Literatura Peruana. Durante la charla surgieron algunos malos entendidos que serán aclarados a continuación.

     

    Por Francisco Ángeles*

    A fines de marzo, Juan Manuel Robles y yo tuvimos una conversación en la Casa de la Literatura Peruana titulada Contra la memoria. El evento, moderado por Jaime Cabrera Junco, fue organizado por la institución que nos acogió y también por la web literaria Lee por Gusto, por lo que este espacio me parece el apropiado para discutir algunos equívocos y malos entendidos que surgieron a partir de esa charla.

    En la ronda de preguntas que siguió a la conversación con Robles, en comentarios posteriores que circularon a través de redes sociales, en mensajes privados y finalmente en una presentación que compartí en Northwestern University (Chicago) con Jennifer Thorndike, Jack Martínez y Rocío Ferreira, se ha repetido como patrón una lectura equivocada de lo que, al menos desde mi perspectiva, justifica llamar “Contra la memoria” a un evento literario. Por eso quiero dejar establecida mi posición de la manera más clara posible. Lo haré en ocho puntos:

     

     

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    Para mí, la discusión de Casa de la Literatura se planteaba de manera teórica y se resumía en la siguiente pregunta: ¿cuál es exactamente la función política de la memoria? Y resalto exactamente no como un tic académico amante de enfatizar palabras para que parezca que uno dice más de lo que realmente está diciendo, sino porque pretendo eliminar de partida, o al menos cuestionar de la manera más seria posible, uno de los lugares comunes con que se suele responder la pregunta arriba planteada. La respuesta-muletilla-salvavidas es, como sabemos, la siguiente: “debemos recordar porque los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo”. Esa respuesta-muletilla-salvavidas lleva implícita una afirmación más arriesgada, que no tantos estarían dispuestos a defender: que la terrible experiencia vivida por Perú en los 80 podría repetirse si no la recordamos. Y acaso tiene un segundo implícito, mucho más temerario: que si somos capaces de recordar ese episodio de nuestra historia, o más específicamente, si la literatura nos la recuerda, una experiencia como esa no volverá a ocurrir jamás.

     

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    “Contra la memoria”, al menos desde mi punto de vista, se planteaba como el cuestionamiento teórico del lugar común del olvido y la repetición. Y para ello es necesario plantearse las siguientes preguntas: ¿es realmente útil la literatura cuando llega el momento en que las situaciones sociales alcanzan un punto máximo de tensión y empiezan a rastrillarse las armas? ¿De verdad se puede pensar que “recordar” impedirá que ocurra lo que tenga que ocurrir cuando estalle un movimiento contra la injusticia, la desigualdad y la explotación acumuladas? ¿En serio se puede pensar que, en esos momentos de tensión social, haber escrito novelas servirá como un mecanismo de contención? Yo, por supuesto, creo que no.

     

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    De acuerdo con lo anterior, una literatura que pueda reclamar con justicia ser llamadFranciscoPost2ContralaMemoriaa “política”, no tendría que ser una que trabaje sobre la “memoria”; es decir, no una literatura que sirva para “recordar”, ni para congelar eventos trágicos de nuestra historia, ni para convertirlos en piezas de museo. Una literatura verdaderamente política no es una vitrina de recuerdos, sino que tendría que abordar también el presente de quien escribe, también dañado por altísimas cuotas de violencia, que no por menos visibles o menos espectaculares resultan menos dramáticas. Más que mirar el pasado y recordar, una legítima literatura política tendría que actuar sobre el presente y servir de alguna manera para cambiar las condiciones de explotación, desigualdad, abuso e injusticia cotidianas.

     

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    Por supuesto que hacer una literatura de este tipo no es una obligación para nadie. No se trata de cancelar ni de imponer ningún tema: se trata de cuestionar seriamente y debatir los alcances de la memoria y el verdadero contenido político de las novelas sobre la memoria. Pero cuando se quiere discutir este tema, como ha ocurrido a partir del evento en Casa de la Literatura, aparecen dos coartadas que bloquean el debate antes de que este llegue a producirse. Voy a llamarlas la “coartada del diferente” y la “coartada del puro”. Para explicarlas hay que remontarse hasta 2005, ya que ambas surgen a partir del supuesto debate ocurrido ese año entre dos grupos de escritores.

     

     

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    El célebre debate “andinos-criollos” ocurrido hace exactamente una década, como reconocen incluso algunos de sus protagonistas, no llegó a constituirse como una legítima discusión de ideas. Pero esa limitación no le ha impedido que produzca efectos en la manera cómo algunos perciben que está organizada la literatura peruana. Por eso, para empezar a entender de qué estamos hablando cuando hablamos de “contra la memoria”, debemos abandonar la suposición de que este nuevo debate, o lo que quisiéramos que llegue a ser un verdadero debate, no tiene vinculación, analogía, parecido, relación, similitud, deuda, semejanza, tributo ni paralelismo con el de 2005. Por tanto, el primer error es entrar al debate sobre la memoria con los supuestos con que algunos ingresaron o leyeron lo de 2005: qué escritor es bueno y qué escritor es malo, quién tiene mucha prensa y quién menos, a quién le gusta la foto (y por eso supuestamente es peor escritor) y a quién nadie lo conoce (y eso supuestamente lo transforma en un tipo capaz y talentoso). Todos esos lugares comunes no tienen nada que ver con “Contra la memoria”. Sí tienen mucho que ver, en cambio, con las coartadas.

     

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    AbrilRojoContraLaMemoriaLa “coartada del diferente” surge cuando se reclaman títulos de libros para ilustrar el debate, gesto que baja de inmediato el nivel de la conversación. Discutir libros en específico demuestra que existe cierta resistencia natural a acercarse al debate importante; es decir, sirve como coartada para no abordar el cuestionamiento esencial: ¿de verdad sirve la literatura para contener el desborde social o el brote de violencia que pueden eventualmente surgir como consecuencia de la explotación o la desigualdad? Por eso, pretender que necesitamos discutir libros en específico significa utilizar la coartada del “libro diferente” para llevar la discusión a un viejo territorio, que ya tiene preestablecidos sus propios lugares comunes: tal escritor es malo, el otro es mejor pero no tiene “mafia” y todo el viejo catecismo al que muchos quieren reducir el fenómeno literario nacional. Esa cortada es nefasta porque nos traslada a la misma no-discusión de siempre. En consecuencia, el debate importante no es si tal novela en específico es buena o mala, o si existen otras novelas menos conocidas sobre la violencia que tendríamos que considerar, o si el marketing o las novelas escritas en provincias, o si hablamos de Alonso Cueto en vez de hablar del Soldado desconocido, o de Colchado en vez de Roncagliolo o Fernando Cueto o Julián Pérez, o de Miguel Gutiérrez en lugar de mi primo que tiene una novela inédita que revolucionará el pensamiento universal. Eso es irrelevante a este debate. Repito: todo eso es irrelevante a este debate. Pero, claro, sirve para no hablar de lo que tendríamos que hablar: la verdadera función política de la memoria.

     

     

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    Lo de Casa de la Literatura no fue para hablar de la literatura de la guerra interna en base a dos novelas (que pudieron haber sido cinco o cincuenta, daba igual: ese no era el propósito). Mucho menos para generalizar en base a ellas, y tampoco para juzgarlas (ni positiva ni negativamente). Al menos desde mi perspectiva, lo importante era acercarse a las preguntas que menciono arriba. Pero si terminamos diciendo que tal novela es de esta manera y tal otra no, habremos fracasado: le estaríamos siguiendo el juego a las discusiones criollos-andinos, oficiales-marginales y demás dicotomías sin sentido. En consecuencia, el debate sobre la literatura de la guerra interna, como comenté en alguna discusión de Facebook, no es un álbum por el que nos peleamos para decidir qué figuritas le metemos. No es que a mí me gusten unas y a ustedes otras. Se trata de discutir el álbum. El álbum de la memoria como tal. Las figuritas dan igual.

     

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    La “coartada del puro” es mucho más sencilla: cualquier escritor puede decirte que no escribió para el mercado ni para vender ni para figurar ni para tentar un premio nacional o internacional. Y puede ser cierto. Pero ese no es el punto: en realidad no importa si es cierto. Nunca he afirmado que quienes escriben sobre violencia política lo hacen siguiendo las tendencias del mercado o para ganar premios (que los ganen en un 1000% comparados a quienes no escriben sobre guerra interna es un problema diferente, pero no es culpa de los escritores). En Casa de la Literatura, como en el conversatorio en Chicago y en diversas entrevistas, he señalado explícitamente que no me importan en absoluto las motivaciones que cada escritor tiene al sentarse a escribir. Vender, figurar, exorcizar demonios, salir en la foto, liberarse de traumas, explorar un tema que lo apasiona: me da igual. Eso también es irrelevante. Pero es otra coartada para no discutir las preguntas importantes. Habrá quienes escriban porque sufrieron el conflicto de primera mano y quienes lo hagan por una gran empatía con el dolor colectivo o por un genuino interés intelectual. Pero eso no tiene nada que ver con el tema: eso no vuelve a la memoria más valiosa desde el punto de vista político. Y ese es el tema que quise plantear. Y el que, limpio de coartadas, me gustaría que continuara.

     

     

    *Francisco Ángeles (Lima, 1977). Es escritor y ha participado en los más importantes portales literarios peruanos como El Hablador y Porta 9. Actualmente radica en Filadelfia, donde realiza un doctorado en University of Penssylvania. Ha publicado las novelas La línea en medio del cielo (2008) y Austin, Texas 1979 (2014), esta última elogiada por la crítica y por los lectores.

     

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