«Cielos de Córdoba», de Federico Falco

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Foto: Félix Terrones
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Presentamos una lectura de la novela corta «Cielos de Córdoba» (Las afueras, 2020), del escritor argentino Federico Falco. Se trata, como indica Félix Terrones, de una obra marcada por hechos cotidianos, cuyo personaje, sin saberlo, se busca a sí mismo.


Por Félix Terrones

El argentino Federico Falco (1977) pertenece a los escritores nacidos fuera de la órbita bonaerense, lo cual lo lleva a integrar una variada tradición de nombres como Juan José Saer, Antonio Di Benedetto y, más recientemente, Selva Almada, Patricio Pron y Valeria Correa Fiz. Siempre he pensado que en la literatura argentina el hecho de nacer en un lugar que no sea Buenos Aires lleva a los escritores a utilizar estrategias que les permitan visibilizar su trabajo. El caso de Pron es emblemático en este sentido pues se puede decir hasta cierto punto que su consagración en Europa terminó asentando su posición en el espacio argentino. Sea como fuere, autores como Falco proponen una literatura ambientada en espacios provincianos, lugares periféricos, donde los personajes se enfrentan al infierno de baja intensidad de lo cotidiano. Así, además de emerger en los márgenes, quizá lo más saludable a la hora de constituirse como autor, Federico Falco también explora y da forma a un territorio literario alternativo, alejado de la capital y su exceso de significados.

Cielos de Córdoba (2011), precisamente, es la historia de Tino, un joven escolar a quien las circunstancias parecen empujar a la vida adulta, pese a que no tenga la conciencia ni la madurez para ingresar en ella. La madre de Tino se encuentra postrada en una cama de hospital mientras que su padre dedica su tiempo entero a los extraterrestres, a quienes espera durante noches enteras, sin llegar a avistar un solo platillo volador. Debatido entre dos formas de ausencia, Tino debe enfrentar no solamente la soledad sino también el despertar sexual. Este último le llevará a frecuentar a Omar, un joven de su clase, quien le empuja a ir más allá del descubrimiento solitario del cuerpo. Así, la nouvelle se despliega entre espacios cargados de sentidos, no necesariamente coherentes, como el hospital, el colegio y la casa familiar. De hecho, la falta de coherencia programática entre estos espacios permite enfatizar la circulación del personaje, así como también los múltiples ámbitos en los que, sin necesidad de reconciliarlos, se desarrolla su ser íntimo. Una mención adicional merece el río que recorre en pueblo o la ciudad en la que vive el personaje y al que éste acude para bañarse y masturbarse en sus aguas. El cauce del río atraviesa la ciudad, permitiendo a Tino la perspectiva, fugaz aunque intensa, de mirar la existencia entera del pueblo y cada una de sus gentes.

Si bien no se trata de un relato que enfatiza una intriga —cuyo desarrollo y resolución justifican el despliegue verbal —, estamos frente a una historia marcada por hechos cotidianos, las errancias de un personaje que, sin saberlo, se busca a sí mismo. Tal vez uno de los grandes logros de esta nouvelle es haber generado una atmósfera de intimidad entre Tino y el lector quien, mediante la gente que se cruza como la anciana Alcira, una joven postrada en su lecho, o las enfermeras del hospital, muestra toda su complejidad. En otras palabras, Federico Falco deja que su protagonista se revele a sí mismo gracias a su contacto y relaciones con los demás, a la vez cargadas de tensión y lo que a falta de otra expresión denominaría una forma de ternura. Ahora que lo pienso, me parece que se trata de algo más aún, pues el lector siempre está un poco adelante: al ser una novela de iniciación o aprendizaje, en la que se muestran situaciones conocidas o experimentadas desde una perspectiva juvenil, quien pasa las páginas se encuentra frente a acciones que puede reconocer, también emociones y situaciones. Desde luego, esto provoca empatía frente al joven Tino, así como también cierta forma de malestar por ese tránsito ritual y en ocasiones doloroso que ineluctablemente lo lleva al mundo adulto.

En ese sentido el lenguaje es uno de los aspectos más logrados en la nouvelle. La escritura de Falco evita los dramatismos, no cae en la trampa de subrayar el infortunio mediante adjetivos o fórmulas truculentas, ni tan siquiera emotivas. Sin llegar a ser distanciada o indiferente, se trata de una escritura que enfatiza las acciones sin que el narrador las califique directamente. Eso sí, desde el inicio de la nouvelle asume, como ya lo dije, la perspectiva del joven adolescente. Basta sino recordar la secuencia de los tubos en el hospital, luego las descripciones físicas de la madre o el padre, la percepción de espacios como caminos, senderos y el inevitable río al cual ya hice alusión por dar algunos ejemplos. También los encuentros con Omar, tan cargados de electricidad como de sobreentendidos. Sin confundir la expresión con lo intenso, Falco logra un doble propósito: comparte la compleja y a la vez tan normal situación de Tino, así como también deja libre curso a lo sugerido, lo implícito. En particular al final, uno de esos finales abiertos en los que las sucesivas desapariciones ubican al joven en una situación liminar que se anuncia antes que se concretiza.

Sin entrar en detalles, pues creo que las últimas páginas del libro son las mejores —ellas permiten entender hacia dónde se ha dirigido lo contado—, el final muestra la solvencia del arte de Falco. La manera en que su narrador culmina la historia deja lugar a la especulación en el lector, así como también una forma de malestar. Dicho malestar, otra vez en abierta resonancia con el destino de Tino, no es fruto de algo extraordinario sino de una distorsión de lo corriente, lo anodino, lo usual que, de pronto, se revelan como determinantes. Después de un evento que modifica sus vidas, Tino y su padre dejan el pueblo para acudir hasta Buenos Aires. El padre, aficionado a los extraterrestres, abandona su museo dedicado a la vida en otros planetas para asumir un trabajo cualquiera en la capital. En cuanto a Tino apenas sabemos nada, nosotros quienes seguimos sus pasos y encuentros a lo largo de un centenar de páginas. Lo único que nos queda es un relato secretamente luminoso y publicado en España por una editorial como Las afueras que parece apostar por autores valiosos a los que descubre y promueve, siempre al margen de las fronteras convencionales, arbitrarias, a menudo innecesarias.

 

 

 

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Félix Terrones (Lima, 1980). Autor de las novelas "El silencio de la memoria" (2008, Mundo Ajeno) y "Ríos de ceniza" (2015, Textual). Además, es autor del libro de novelas cortas "A media luz" (2003, PUCP), del libro de microrrelatos "El viento en tu cara" (2014, Nazarí) y del ensayo "Un sueño hecho ficción: los prostíbulos en las novelas latinoamericanas" (2019, Calambur). En coautoría, junto con Luis Hernán Castañeda y Paul Baudry, publicó "Cuadernos de Obrajillo" (2019, PEISA). Doctor en estudios hispanoamericanos por la Université Bordeaux-Montaigne (Francia) donde se graduó con una tesis dedicada a los prostíbulos en la novela latinoamericana. Editor y antologador de la obra de Sebastián Salazar Bondy para la Biblioteca Ayacucho de Venezuela. También ha preparado la antología de literatura peruana actual publicada por la revista “Aurora Boreal” (Dinamarca), de distribución europea. Entre otras instituciones, enseñó literatura latinoamericana y traducción en la Ecole normale supérieure de París (Ulm). Colabora con diversos medios europeos y americanos con críticas y artículos; entre otros, la revista española Librújula, la revista mexicana Crítica. Vive en la ciudad de Tours (Francia).