Cementerio de barcos: la literatura como tabla de salvación

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(Foto: Félix Terrones)
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Les compartimos la siguiente lectura de la más reciente novela del escritor Ulises Gutiérrez Llantoy, la cual retrata la historia de un singular personaje que se enfrenta a un medio hostil.

 

Por Félix Terrones

Poco a poco, la literatura de Ulises Gutiérrez Llantoy (Huancavelica, 1969) se ha ido afirmando. Desde luego, hablo a partir de la perspectiva de sus lectores, quienes, con cada nueva entrega, descubren un autor que, a la vez de confirmar su talento, explora nuevos registros y géneros, aunque con la misma desenvoltura de siempre. No obstante, cuando digo que se ha ido afirmando me refiero, antes que nada, a la manera en que los temas anunciados en su primer libro de cuentos The Cure en Huancayo (Bisagra, 2008) han ido ganando en complejidad y alcances. Con su segunda y última novela Cementerio de barcos (Planeta, 2019), Ulises Gutiérrez Llantoy desarrolla a escala global, bajo la forma de un fresco generacional, temáticas como los descalces culturales, los exilios y migraciones, los desencuentros amorosos, la memoria y el olvido en sociedades transidas de violencia e injusticia. Al hacerlo, por otro lado, se consolida como uno de los autores referentes en la escena latinoamericana.

Cementerio de barcos cuenta la historia de Elmer Ccasani, un joven huérfano que decide viajar hasta la ciudad capital, donde viven un tío lejano y un sacerdote italiano que conoció años atrás. Como muchos otros migrantes, en Lima conocerá una urbe fracturada, donde impera la violencia, junto con la falta de medios, cierta forma de determinismo social en la que el pobre enfrenta su situación con fatalidad. No obstante, desde un inicio, Elmer se revela como un individuo fuera de serie. Así, además de interesarse en los idiomas (aprende portugués, italiano, inglés y francés, los cuales se suman al quechua y el español), gana concursos escolares de ciencias. Gracias a ellos, podrá inscribirse en la universidad durante la década de los ochenta y noventa. En otras palabras, a lo largo del periodo que enfrentó la violencia del terrorismo contra la del Estado. Cada vez más sensible a dicha violencia, Elmer sobrevive como puede y lo hace gracias a la literatura, los libros que lee y los poemas que escribe y declama en conciertos. Hasta que un buen día decide, por fin, soltar amarras, dejar a los amigos y partir rumbo a ninguna parte, recorrer el mundo en un periplo cuyo desarrollo es el gran cráter del libro. De lo rural a lo urbano, de lo local a lo global: el destino del protagonista lo lleva constantemente a expandir las fronteras de su experiencia. No sin consecuencias, pues se trata de un aprendizaje doloroso que lo obligará constantemente a renunciar a sus afectos.

Sin embargo, como si fuera la contraparte de dicha renuncia, Elmer Ccasani también asume numerosas identidades: desde el niño Elmeracha, hasta el libio Ehmed, pasando por el Cuervo y el Gato, solo por dar cuenta de algunas. Pareciera que en la multitud de nombres y apelaciones del protagonista se manifestara una voluntad por no ser un individuo estable, sino por ser una personalidad que, en su riqueza, siempre avanzara hacia delante. Por más complicada que sea su situación, Elmer parece movido por una fuerza y una voluntad indesmayables que lo llevan directo al cadalso. En esto se parece a otros personajes novelescos; en particular los decimonónicos franceses, individuos llenos de misterios que viajan directo allí donde les llevará su deseo de revancha, cada una de sus pasiones y renuncias, sin olvidar el orgullo y la vocación de un absoluto tan anhelado como imposible. En un periodo como el actual en el que muchos los protagonistas novelescos son gente depresiva (síntoma del neoliberalismo), aquejada de un malestar indefinido, sumida en sus pequeños conflictos burgueses, un personaje como el propuesto por Ulises Gutiérrez se delinea de mejor modo y, en ese sentido, acaso genere mayor empatía. Desde luego, esto no solamente se debe a su carácter o personalidad, sino también a cuánto de político hay en él.

Poco importa si en algún pasaje de la novela Elmer se declare a sí mismo como poco o nada político. Durante sus estudios universitarios, manifiesta una actitud crítica frente a los simpatizantes guerrilleros o terroristas. Así, mediante discusiones y polémicas con ellos, revela la doble moral que los anima, lo vacuo de sus proclamas y diatribas, la manera perniciosa que utilizan para traficar con el lenguaje. Ulises Gutiérrez Llantoy ha representado con sobriedad y precisión lo que fue el ambiente político de ese periodo al cual muchos de nosotros hemos sobrevivido. El fanatismo, la pérdida de valores, junto con un cinismo recalcitrante están ahí en las páginas del libro tal y como muchos los llegamos a padecer. Y se encuentran ahí sobre todo para marcar de mejor manera el contraste: ese lenguaje convertido en discurso vacío es contrapuesto con la vocación literaria, poética de Elmer Ccasani. Así, la literatura impregna el destino del personaje y con él la novela entera, ella se convierte en la tabla de salvación de un naufragio que es individual, generacional e incluso de la nación entera. Si, por culpa de la demagogia, la política ha caído en un pozo sin salida posible, no ocurre lo mismo con la poesía. Esta asciende para guiar los actos de Elmer, iluminarlos, darles esa trascendencia imposible de encontrar en otra actividad.

Las grandes influencias en Cementerios de barcos son Mario Vargas Llosa y Roberto Bolaño (de hecho, este último es citado en el epígrafe de la novela). Del autor peruano, Gutiérrez Llantoy recupera un relato episódico anclado en la figura de un solo personaje, a la manera de Historia de Mayta (1984). Si en la novela de Vargas Llosa, los personajes recuerdan a Alejandro Mayta —sucediendo sus voces para que los testimonios complejicen el recuerdo— en la de Gutiérrez Llantoy ocurre otro tanto. Tal vez, en ese sentido, eché de menos que se recurra a diversas perspectivas sin que las contradicciones y los conflictos en el personaje sean acentuados. En Cementerios de barcos todos los testimonios apuntan a la excepcionalidad del individuo en una voluntad que, sin llegar a ser abiertamente hagiográfica, podría rozarla peligrosamente. Desde luego, se trata de dar forma a un personaje coherente, sin embargo, considero que eso no quiere decir necesariamente que haya debido ser monolítico.

La presencia del autor chileno es más bien temática, aunque a la vez sea ética. Tal y como ocurre en novelas como Los detectives salvajes (1998) o 2666 (2004), en particular esta última, se explota la temática de la trashumancia; en otras palabras, recorrer el mundo en búsqueda de algo, una especie de redención, aunque sea imposible encontrarlo. Ese algo es la literatura, junto con sus pliegues éticos, encarnada en figuras como Cesárea Tinajero o Benno von Archimboldi. En el caso de Cementerio de barcos no existe, en principio, personaje similar, aunque Elmer Ccasani cumple el rol de buscador de quimeras, a la manera de Arturo Belano, sujeto transido de una carencia imposible de colmar. Digo en principio porque ¿no puede considerarse la búsqueda de sus huellas por África, efectuada por el narrador, un sucedáneo de las errancias de von Archimboldi por México? ¿No encontramos una vez más en Elmer Ccasani la imagen del personaje-escritor en la línea de Rimbaud, Artaud, Malcolm Lowry y otros, desesperados por una tierra incógnita donde coincidan la muerte y el deseo literario?

Como es evidente, decir influencia no significa un ascendiente del cual el autor no se haya desmarcado. Nada sería más injusto. Por el contrario, Ulises Gutiérrez Llantoy ha dado forma a un estilo personal que en términos de lenguaje se manifiesta mediante una expresión clara, concisa, que no evita ciertos lirismos, sin caer en truculencias o sensiblerías. Casi siempre muestra una dicción equilibrada, sin florituras, en la que los adjetivos no chirrían y todo está al servicio de una intriga que avanza sin descanso. Por otro lado, no olvidemos la vocación del autor por siempre dejar hablar a sus personajes. En esto, Gutiérrez Llantoy muestra un singular virtuosismo: ya sea una francesa que ha vivido décadas en Los Olivos, un sacerdote italiano de servicio en la Cordillera de los Andes, los jóvenes rebeldes de la Lima underground, o los pobladores quechuahablantes que se expresan en castellano, todos tienen una voz propia, reconocible y, desde luego, verosímil.

Hablar del lenguaje nos lleva, naturalmente, a detenernos en la estructura de la novela, la forma que esta adquiere para darle mejor volumen a la historia. Si en Ojos de pez abisal (Bisagra, 2011), Ulises Gutiérrez Llantoy nos había mostrado su interés por elaborar una intriga sustentada en tiempos y espacios que se alternaban (entre el pasado remoto y el presente, entre Japón y Perú), otro tanto ocurre en Cementerio de barcos (América latina y Europa) solo que esta vez la narración se apoya más en las voces de los personajes. El diálogo que abre la novela, entre dos peruanos que se frecuentaron en Lima y conocieron a Elmer Cccasani, es la coartada para inaugurar un andamiaje verbal en el que las voces parecen sucederse sin concierto. Lo cual, muy pronto, una vez que el dispositivo narrativo se ha clarificado, se revela como una falsa impresión pues el vértigo de las voces sigue de manera casi lineal la evolución, la trayectoria de Elmer Ccasani. A la vez, es necesario subrayar que la división en dos partes obedece a una voluntad que se revela poco a poco: si la primera parte cuenta el periplo del Gato en la Lima ochentera y noventera, la segunda está más bien dedicada a su trayectoria entre África y las costas europeas. Así se establece un juego de espejos entre una y otra parte que a la vez es un progresivo y elocuente sorteo de fronteras.

Y vaya que hay fronteras en la novela. Cuando pienso en las fronteras nacionales, no puedo dejar de pensar en la literatura decimonónica latinoamericana. En ella, la figura del huérfano indígena y la manera en que éste es adscrito a la familia-nación fue una de las inquietudes esenciales. Pensemos, por dar un ejemplo de sobra conocido, en Aves sin nido (1889), de Clorinda Matto de Turner. En Cementerios de barcos advertimos que Elmer Ccasani, incapaz de poder recuperar su familia, obligado a recomponer su situación con amistades y amores intensos, aunque efímeros, decide atravesar las fronteras, huir hacia delante en una pesquisa poética que es pasión y también salto al vacío. De esta manera, con la mediación de más de un siglo, descubrimos que se plantea un diálogo ficcional —voluntario o no, poco importa— donde el Estado-Nación deja su lugar a una globalización en la que circulan mercancías (el petróleo, sobre todo), pero donde también mueren millares de ciudadanos sin patria (en medio del mar). Mientras que unos pueden dedicarse al turismo, los viajes de negocios y placer, junto con todas las actividades posibles alrededor del mundo gracias al poder adquisitivo, otros se resignan a perder la vida en embarcaciones precarias por culpa de la pobreza, las guerras y el hambre, sin olvidar la hipocresía de las naciones occidentales. En medio de esta desolación, la literatura adquiere un valor más humano pues es la única, a diferencia de los medios de comunicación, los registros policiales y hospitalarios, que puede transmitir el drama de tantos migrantes sin familia.

Hacía mucho tiempo que no leía una novela peruana en la que se mezcla con tanta pericia narrativa, una facilidad para relatar historias y una extraordinaria manera de darle forma a los sentimientos. En su libro de ensayos y crónicas Valses, rajes y cortejos (Peisa, 2005), Alonso Cueto escribe lo siguiente: “Todo lector, al empezar un libro, lleva un detector de mentiras incorporado. Refinado por años de lectura y por alguna experiencia de vida, el detector nos permite decir si lo que estamos leyendo es verdadero”. Después, Alonso Cueto detalla qué entiende como tal verdad: “Nos dice, en otras palabras, si el libro que leemos responde a una necesidad profunda del escritor, si sus palabras reflejan un impulso esencial, si hay en ellas el latido de una emoción personal”. La lectura de Cementerio de barcos me suscitó muchas emociones encontradas. Quizá la más definida fue la melancolía por el destino del Gato Ccasani y con él el de tantos poetas anónimos. Como si ya no hubiera más lugar para la poesía en un mundo donde las fronteras ya no existen como consecuencia no tanto de la libertad como por culpa de la acentuación de la pobreza. No obstante, hay una instancia de redención en la novela y en ella en la literatura. El personaje de Emilia decide contar a su hijo la vida de su amigo fallecido; el narrador decide investigar qué fue del Gato Ccasani para contarlo a los otros. Mientras exista literatura, mientras todavía se pueda contar el destino de los demás, quienes se amó, habrá manera de hacerle frente a las catástrofes.

 

 

 

 

 

 

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Félix Terrones (Lima, 1980). Autor de las novelas El silencio de la memoria (2008, “Mundo Ajeno”) y Ríos de ceniza (2015, “Textual”). Además, es autor del libro de novelas cortas A media luz (2003, PUCP) y del libro de microrrelatos El viento en tu cara (2014, “Nazarí”). Doctor en estudios hispanoamericanos por la Université Bordeaux-Montaigne (Francia) donde se graduó con una tesis dedicada a los prostíbulos en la novela latinoamericana. Editor y antologador de la obra de Sebastián Salazar Bondy para la Biblioteca Ayacucho de Venezuela. También ha preparado la antología de literatura peruana actual publicada por la revista “Aurora Boreal” (Dinamarca), de distribución europea. Actualmente es lector en la Ecole normale supérieure de París (Ulm). Colabora con diversos medios europeos y americanos con críticas y artículos; entre otros, la revista española Librújula, la revista mexicana Crítica. Vive en la ciudad de Tours (Francia).