Beto Ortiz: «Me parece un exceso de vanidad considerarme un escritor»

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Maldito talento el de Beto Ortiz para escribir. Tiene una novela, algunos otros libros y muchas páginas en sus columnas domingueras de Perú21. El entrevistador del noticiero Abre los ojos puede pasar de hablar de Susy Díaz a explicar las razones por las que admira a Oscar Wilde. Este es el retrato de Beto Ortiz.

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No hace mucho a su nombre le anteponían el adjetivo «polémico». Algunas veces le decían «irreverente». En su peor momento lo llamaban «monstruo». Pero eso quedó atrás. Ahora es el periodista serio que todas las mañanas entrevista a ministros, congresistas y demás políticos de saco y corbata. Sin embargo, con algunos matices, sigue siendo aquel tipo que responde suelto de huesos a las preguntas. 

 

Tu biografía en Wikipedia dice «Vivió en Nueva York realizando diversas labores, escribiendo desde el exilio e iniciando su carrera como escritor». ¿El exilio te hizo realmente escritor?
Pues tal vez sería justo decir eso. Yo no sé si tenga una carrera de escritor ni siquiera sé si tenga una carrera en realidad. No acabé la universidad, no soy legalmente periodista, no tengo ninguna filiación al Colegio de Periodistas del Perú, ni siquiera soy bachiller en periodismo…no soy nada realmente (ríe). Y escritor, bueno, me gusta escribir, me gustaría escribir más de lo que escribo, quisiera escribir mejor de lo que escribo, pero me parece una extravagancia o un exceso de vanidad considerarme un escritor cuando no es mi actividad principal y no lo es porque no le dedico el tiempo que debería, los libros han pasado a ser una cosa secundaria en mi vida.

¿Dirías entonces que eres un periodista con inquietudes literarias?
Diría que soy un reportero que a veces escribe. Me gusta más la palabra reportero porque periodista ahora es cualquiera. Los abogados son periodistas, los actores son periodistas…los animadores, las vedettes, todos son periodistas. Y ya ser periodista como que no significa nada (sonríe). Yo soy un reportero, y creo que lo puedo decir con conocimiento de causa, porque por lo menos doce o quince años de mi vida los he dedicado a reportear, a ir donde está la historia, a trepar el cerro, a ir a la guerra. Eso sí es periodismo ¿no?

¿Si no hubieras salido de la televisión y del país no habrías escrito tu primera novela, Maldita ternura?
Probablemente no. Probablemente no habría escrito más que
Pandemonios para Perú21. Yo creo que escribí en Estados Unidos porque no sabía qué hacer con mi vida. No sabía qué hacer con tanto tiempo muerto, con tanta soledad, con tanta frustración, con tanta melancolía, aburrimiento, tedio, y la única manera que encontré para salir de eso fue escribir, y escribí como loco, escribí como nunca. Había días en que escribía doce horas, catorce horas y no hacía nada más. Escribir, dormir, comer, bañarme. Era eso todo lo que hacía.

¿Consideras que Maldita ternura no fue recibida como merecía? Es decir, si crees que no hubo una crítica verdaderamente objetiva, centrada en el libro
Ni siquiera lo sé, porque una vez que terminé el libro y me mandaron una copia a Miami, ahí acabó para mí la aventura. Lo que pasó con el libro después, quién lo leyó, quién lo vendió, quién lo devolvió, quién lo quemó, quién lo criticó o alabó…me perdí toda esa parte porque ni siquiera pude estar en la presentación. Todo eso fue independiente de mí.

Por las historias y personajes que aparecen allí con otros nombres parece que tu novela fue una venganza. ¿Dirías que fue así o acaso fue una catarsis?
Catarsis y venganza son sinónimos. Al final tú escribes para sacarte de encima historias que te pesan o que sientes que la debes volcar en el papel y creo que yo estaba un poco empachado de mis propias historias, llevando a cuestas demasiados fantasmas o demonios -para hablar en términos vargasllosianos- y sí creo que fue bueno tener este desbarrancamiento a nivel profesional, personal, emocional, financiero (sonríe) para poder dedicarle por lo menos el año y medio en que solamente me dediqué a escribir porque no hacía nada más.

Fernando Vivas dijo sobre tu novela «exhibe un brillo que no he encontrado en las cientos de páginas de Jaime Bayly»
Hay otra parte de la crítica de Vivas que me gusta más, donde dice que se puede ser vil y talentoso. Yo no creo ser una persona vil, pero sí he hecho muchas vilezas -como todos supongo-, me gustó que él dijera que tuviera algún talento, pues yo estaba habituado a  una especie de mezquindad unánime de la prensa respecto de lo que yo hacía. Porque yo era el escandaloso, el transgresor, blablabá…entonces yo era una especie de monstruo mediático y nada de lo que hiciera estaba bien. Entonces me pareció bueno que el hecho de haberme aislado y que vieran de mí solo lo que escribo fue bueno. Yo he tenido con gente que me lee o ha leído experiencias muy intensas que nunca las he tenido con alguien que me ve por la tele. Porque quien me ve por la tele realmente no me conoce. En cambio en el papel impreso sí estoy siendo yo.

¿Te sería difícil sostener una novela protagonizada por un personaje que no compartiera nada de tu biografía?
Sí, claro. Sí podría.

¿Y estás intentando escribir una novela con esas características?
No.

¿Y lo piensas intentar alguna vez?
No hago planes. Ahora estoy intentando hacer un noticiero decente y estoy intentando dormir más de seis horas al día, y no estoy intentando nada más. Creo que es demasiado esfuerzo por ahora (ríe).

¿Es Beto Ortiz el mejor personaje que ha construido Humberto Ortiz Pajuelo?
No sé sí sea un personaje. Yo siento que Beto Ortiz soy yo. Humberto es el nombre que aparece en mi DNI y para mí es el nombre de mi papá. Nunca me he sentido Humberto, siempre me he sentido Beto.

 

EL DIBUJANTE QUE SE CONVIRTIÓ EN PERIODISTA 

Ha acabado su jornada en el noticiero y Beto Ortiz anda atento a los ‘rebotes’, es decir, a la repercusión que ha tenido en otros medios la renuncia en vivo, a través de su programa, de un otrora defensor del presidente. Beto está atento al Twitter, chequea otras webs y festeja el golazo periodístico. Regresa, se sienta en su sillón rojo escarlata y se alista para esta entrevista. En su sala hay tres cuadros. Uno del pintor loretano Christian Bendayán, un retrato del poeta Luis Hernández y un afiche enmarcado con un delgado Robert De Niro en su papel de Travis Bickle, de la película Taxi Driver

Muy pocos recuerdan que antes que periodista fuiste historietista y que incluso ganaste un concurso organizado por Juan Acevedo
Sí, correcto. Soy un dibujante frustrado (sonríe).

¿Tus dibujos expresaban lo que más adelante harías con palabras? 
Sí. Creo que encontré en el dibujo una primera manera de romper una coraza de aislamiento producto de haber sido hijo único. Mis padres me tuvieron mayores, entonces la compañía de adultos hizo que fuera un niño un poco silencioso, revejido, acostumbrado a hablar de temas de adultos. Hasta tercero de media era básicamente un hongo, pero en ese año alguien descubrió mi vicio solitario, que era dibujar. Y lo que dibujaba era cada vez más una expresión de rebeldía frente a los curas, a los profesores de Educación Cívica, a los bacanes, a las chicas ricas, a los patitas cueros, a los chongueros y a todos, a toda esa fauna del salón, los caricaturizaba de una manera cruel. Prácticamente mis cuadernos eran álbumes de caricaturas de estos engendros que me rodeaban (sonríe). Entonces adquirí una automática celebridad dentro de del mundito del salón y después del colegio. Y creo que eso fue una ruptura de mi hermetismo, de mi personalidad huraña y silenciosa. En ese momento hubo un quiebre y empecé a comunicar lo que tenía para decir. 

Y lo de los dibujos te lo tomaste tan en serio que trabajaste en el suplemento humorístico de la revista Sí
Bueno, eso fue una suerte. En realidad yo no tenía claro qué quería ser cuando concursé en el evento de la revista Sí. Fue algo curioso porque estudiaba Derecho y no periodismo. Estudiaba Derecho porque mis padres querían que fuera abogado, estudié un año y me aburrí mucho estudiando Derecho y miraba con envidia la facultad de enfrente a los que salían con cámaras, con luces y eso es lo que quería ser. Yo creo que concursar fue una especie de premio consuelo para mí, para hacer lo que sentía que debía hacer, y me permitió estar cerca de la redacción de la revista y me dije aquí es donde quiero estar, no en Palacio de Justicia. Por el dibujo es que soy periodista, por el dibujo es que me dedico a hablar, escribir y a preguntar. Ha sido todo una evolución, un poco traicionera porque yo tendría que seguir dibujando y no haberlo guardado en el cajón como lo hecho. No he vuelto a dibujar en casi 30 años.

Y luego pasaste a trabajar formalmente en una redacción
Empecé a practicar en El Comercio en 1988 y de allí pasé a Página libre, de allí a Caretas, luego gané una beca en Estados Unidos. Si yo hubiese seguido en prensa escrita me hubiera ido muy bien, hubiera ganado menos plata probablemente (sonríe), pero la televisión también me tentaba y probablemente tenga que ver una vez más con la imagen. Dicen que la historieta es el cine del pobre, y entre la historieta y el cine a la mitad está la televisión. Me encantaría hacer cine -no tengo la plata para hacerlo-, pero he hecho tele, literatura entre comillas, he hecho periodismo, probablemente sea un proceso de aprendizaje en el cine algún día…quién sabe.

Pero ahora estás «atrapado» por la televisión
Pero es que no siento que sea un cautiverio. A mí me encanta la televisión, me encanta hablar, me encanta cuestionar, preguntar, me encanta el impacto que tiene la televisión, que es automático y no se parece a ningún otro medio. Ni siquiera Internet tiene el impacto que tiene la televisión por más que Marco Sifuentes quiera convencernos de lo contrario (sonríe maliciosamente). La tele es la tele, está en la sala, en el cuarto de la gente y eso te da un impacto tan grande que, en términos periodísticos, no lo cambio por ningún otro medio, pero además creo que hay un lado artístico en la televisión que siempre es despreciado porque todo el mundo se queda en que la televisión es vulgar, sensacionalista, que la televisión es basura, que se mete en la vida íntima de la gente…ese es un tipo de televisión, pero hay otra y entonces y creo que, salvo el cine, te permite tantos niveles de expresión al mismo tiempo. Para mí es sumamente gratificante haber aprendido a contar una historia en imágenes, habiendo empezado con dibujitos en mi cuaderno y haber terminado en un documental de dos horas que cuenta la vida de Vargas Llosa.

¿Y cómo así fue que el periodismo fue convirtiéndose en tu estilo de vida?
Porque no creo que no se puede comparar con ser notario, contador público o veterinario. Todos los oficios que he mencionado son trabajos que vas a la oficina y luego tu vida continúa normalmente. En el periodismo no, porque el periodismo invade tu existencia, es como una adicción, un vicio, una manera de vivir. No creo que eso pase con un notario o un gasfitero. Tiene que ser pasión. Lo que me gusta del periodismo es que es pura pasión. Hay pocas actividades, salvo el arte o el deporte probablemente, que te tomen por asalto que te posean de esa manera. Entonces, uno no es periodista ocho horas, uno es periodista todo el tiempo. Incluso cuando vivía en Estados Unidos y me ganaba la vida haciendo lomo saltado, no era un cocinero, era un reportero haciendo lomo saltado (sonríe).

César Hildebrandt dice que escribe sus columnas desde la indignación, ¿en tu caso?
(Suspira y mira al techo). Depende ¿no? Yo creo que el estado de ánimo es indesligable de lo que escribes, sobre todo cuando tratas de ser un columnista. Y entonces escribo desde la melancolía, desde el aburrimiento, desde la rabia también, pero yo no vivo en un estado de permanente indignación, y, en eso, mis respetos al señor Hildebrandt que puede autodenominarse un indignado. Yo no estoy indignado, en este momento no. En este momento me podría salir un texto más sereno, medio reflexivo, medio cachoso, ‘alpinchista’ que es la onda en que estoy ahora. No me tomo muy en serio casi nada, trato de no generarme más dramas de los necesarios, trato de ahorrarme peleas, trato de llevar la fiesta en paz…debo estar envejeciendo (sonríe nuevamente con sorna).

¿Usas la ironía y el sarcasmo como recurso o te brota espontáneamente como parece?
Es un mecanismo de defensa. Creo que los que por alguna razón hemos pertenecido a una minoría marginada o denostada, tenemos como arma natural, espontánea, la ironía. O para decirlo de otra manera, tenemos una boca maldita. Pasa mucho, por ejemplo, con la gente diferente. A parte de ser el calladito del salón, yo era el gordo del salón, lo cual era un problema, pero era mejor que ser el marica del salón. Yo no era el marica del salón porque en ese momento no tenía claro nada (sonríe), ya había en mi salón alguien que tenía ese papel y la pasaba bastante peor que yo. Tenía que lidiar con las chapas y como no me iba a mechar, tenía que usar la palabra, entonces esta era mi arma y podía ser devastadora y entonces entrené eso desde muy chico. Aprendí a insultar bien y rápido. Esto me ha servido para el periodismo, añadiéndole que debes insultar además inteligentemente para no acabar enjuiciado (ríe con ganas). Marguerite Duras decía «insultar es casi como escribir un buen poema», te produce el mismo placer estético. Y si pudiera jactarme, sí debo haber insultado a mucha gente. La ironía es la aristocracia del insulto.

¿En tus columnas es más importante cómo dices las cosas que el qué dices?
(Suspira) Sí me preocupa mucho la trama del tejido de las palabras. Me esmero porque el texto esté muy cuidado, me esmero en escoger las palabras con pinzas y combinarlas de la manera…va a sonar huachafísimo lo que voy a decir, más musical (ríe). Yo escribo leyendo en voz alta lo que escribo y simplemente escucho y si me gusta lo dejo o si no, lo cambio. Y hasta que no siento que todo está en su lugar no continúo, por eso me demoro un montón escribiendo. Mi columna de
Perú21, cuando la hago con ganas, con corazón, me puede demorar ocho horas. Si la hago por salir del paso, la puedo hacer en tres. Soy muy severo conmigo y nunca me acaba de gustar lo que escribo.

¿Crees que el periodismo de ahora se ha vuelto más sensacionalista y menos riguroso?
Yo no creo que el periodismo de ahora se haya vuelto más sensacionalista, lo que creo que es que los periodistas se han vuelto flojos, y ese es un efecto obvio de Google. Ya no necesitas investigar porque crees que tienes todo en tu laptop, o en tu iPhone, o en tu tablet, o en cualquiera de esos juguetes, pero no es verdad. Google no es una fuente confiable, Wikipedia no lo es tampoco. Yo no creo en esos investigadores que le hablas de cualquier cosa y te dicen «pásame el link». No todo en la vida tiene link, creo que las mejores cosas de la vida no tienen link (ríe). Yo estoy acostumbrado a hacer investigación, a ir donde la persona, a preguntarle a la persona real, no a un holograma o a un tuit, sino ir a la fuente. Entonces me gusta ese tipo de investigación. Algunos me dirán que es una visión romántica, que ya no es necesario, que todo está en Internet, que dios está en Internet…no estoy tan convencido de eso. No puede ser que el trabajo de alguien sea bucear en Internet, eso no califica como trabajo, eso es…una paja.

¿Pero reconoces algunas ventajas de Internet en el trabajo periodístico?
Ah, bueno, la inmediatez. Eso me parece fantástico, pero creo que debe complementar, no debe sustituir al ejercicio del periodismo realmente existente. O sea, porque leo un tuit de la Primera Dama, no debo asumir que ha declarado. No ha declarado, ha tuiteado que no es lo mismo.

Pero ha sido tomado en cuenta por la prensa cuando no hay una declaración a través de los medios de comunicación
Pero es una huachafería ¿no? Si la persona quiere declarar que dé la cara. Me parece una cobardía al final. Además Internet es el reino del anonimato, por tanto el reino de la cobardía, del mediocre del que aprovecha para insultarte con seudónimo. Y finalmente la maravilla de que todo el mundo pueda escribir en Internet y tener un blog (me mira y sonríe con cacha, está chocando con Chocano), ¿es tan maravillosa realmente? Yo no creo que todo el mundo deba escribir ah. No todo el mundo debe cocinar, empuñar un arma. ¿Por qué todos deben escribir? Me pregunto. No todos pueden ah. No es juego. 

Le llaman a eso la democratización de la palabra
Que todo el mundo pueda escribir…¡Qué lindo! (fruce el ceño). Yo no quiero leer lo que todos esos blogs escriben. ¿Pero quién ha dicho que todos deben ser escritores, editorialistas, opinantes? Ahora resulta que hay que democratizar el periodismo, entonces ¿por qué no democratizamos la astronomía, por qué no todos son bomberos? ¡Eso no! Todos quieren ser escritores. No jodan pues. No se puede (sonríe con ironía). 

¿Cuál es la mayor virtud que debe tener un periodista?
(Se queda pensando unos segundos). La curiosidad. Creo que en eso tenemos algo en común con la ciencia. Si no estás intrigado con lo que pasa, si no te interesa saber cómo funciona, no tiene sentido ¿no? Tienes que estar curioso con lo que pasa constantemente.

¿Y el peor defecto?
(Piensa). Quizás más que defecto es un riesgo, que apenas un periodista alcanza un miligramo de poder tiende a caer en la tentación de sentirse un fiscal, un juez, y eso es lo que ha llevado a la ruina a grandes periodistas, creo que todos sabemos de quiénes estoy hablando. Cuando se siente el fiscal ad hoc de la Nación, en ese momento se jode el periodista.

Y ahora que haces periodismo serio, cómo ves en retrospectiva ese programa Vidas secretas que hiciste y que tanta polémica y críticas te generaron. ¿Fue un mal ejemplo de periodismo?
¡Nooo! (y abre los ojos enormes).Tuvo algunos capítulos un poco crueles, pero creo que fue un producto de primera calidad.
Vidas Secretas fue un tipo de documental que nunca se había hecho en la televisión peruana, porque hasta ese momento se habían hecho los documentales de Alejandro Guerrero, de los pajaritos, del Manu, los delfines, etc. Pero documentales modernos contemporáneos, cercanos, a todo el mundo y no necesariamente César Vallejo, Nicolás de Piérola…sino ¿por qué no Susy Díaz, que es una heroína mucho más cercana y real e interesante para la mayoría? O sea, quitándole ese enfoque culturoso, didáctico al documental, y volviéndolo periodístico a la manera de E! True Hollywood Story, hicimos un producto de altísima calidad investigativa, porque descubrimos cosas de personajes que nadie sabía. Sobre Magaly, sobre Gisela, sobre Carlos Cacho, y son ídolos populares. ¿Quién está más cerca de un peruano de a pie, María Parado de Bellido o Gisela? ¿Quién está más cerca de alguien que viaja en el Metropolitano, Jaime Bayly o Raúl Porras Barrenechea? Es la realidad, no debería ser así, debería ser asá…deberíamos hacer que todo el mundo sepa quién es Rafael de la Fuente Benavides, sí pues…eso es lo ideal. Lo real es que a la gente no le interesa. Hay que educar, sí, pero que eduquen los profesores. Yo no soy profesor, soy periodista.

Pero reconoces que hubo excesos y que con justa razón te ganaste críticas
Sí, sí. Hubo algunos programas que se pasaron de crueles. Creo que el periodismo debe tener una pizca de malicia, de cinismo, incluso de crueldad, pero una pizca. Es como el amargo de angostura, si se te pasa la mano, lo arruinas. Y en algunos capítulos como el de Jeanet Barboza y de Carlos Cacho, se nos pasó.

 

LA DEL ESTRIBO: ESCRITORES Y LIBROS 

Beto Ortiz escribió su primer cuento a los siete años. El título de ese primer escrito era A Rayo, una historia de un desventurado caballito, según dice él, se parecía a Platero y yo. Hace unos años encontró una hoja de ese primer ‘fósil’, de su primer escrito. Es hora de hablar de temas más culturosos. 

Te has declarado admirador de Óscar Wilde y siempre lo citas, incluso por Twitter, ¿Qué es lo que más te gusta de él?
De Wilde me gusta su rebeldía, su brillo, su libertad para vivir la vida que él quería vivir contra todas las convenciones de la época, y de al mismo tiempo producir obras maestras. Creo que muchos tienen que optar entre una cosa o la otra, dedicarse como un sacerdocio a la vida intelectual y renunciar a la vida que le hubiera gustado vivir, pero Wilde conjugó las dos cosas y eso no lo hace menos admirable o menos humano. Yo creo que las historias de escritores que se han jugado el todo por el todo, que han llevado su vocación al borde o al fondo del abismo, me inspiran mucha admiración, por eso tengo allí a Luis Hernández (y señala un cuadro con marco dorado del retrato del poeta), por eso admiro a Reynaldo Arenas (al cubano, no al peruano), a Pasolini como cineasta y escritor.

Decías que Oswaldo Reynoso había sido una influencia importante
Muy fuerte, claro.
Los Inocentes fue un libro que me impactó mucho, que fue parte de mi educación sentimental si se quiere. Él ha sido un escritor muy importante en mi vida y mi vocación.

Y con Vargas Llosa también hay una relación especial…
Bueno con Vargas Llosa, la relación es como la de un novicio con el Papa. O sea, Vargas Llosa es como la catedral. Lo he visto en persona tres veces, lo he entrevistado una. No puedo decir que soy su amigo, como muchos escritores groupies suelen decir. Y le hablan de tú y le dicen Mario. Yo le tengo respeto, representa todo lo que es más difícil de conseguir cuando se escribe: disciplina, vocación, todo eso que yo no tengo…pero creo que el hecho de que ganara finalmente el Premio Nobel ha sido como una demostración de que escribir puede llevarte adonde tú quieras.

¿La de Vargas Llosa, es la entrevista más memorable que hayas hecho?
Sí, sin duda. Y lo es porque para mí era un reto importante como periodista y era una cumbre para un entrevistador amateur como era yo hace diez años.

Como Vargas Llosa, ¿también odias al Perú con ternura?
No. Yo no odio al Perú, eso fue algo que aprendí cuando estuve fuera del país.

¿Con qué otro escritor que admiras crees que podrías hacer una entrevista memorable?
Yo he tenido la oportunidad de entrevistar a Julio Ramón Ribeyro, que es otro escritor al que admiro. Y me hubiera gustado entrevistar a Martín Adán, a Paul Auster, a Abraham Valdelomar.

 

Los cinco libros recomendados por Beto Ortiz

1.Conquista de lo inútil. Diario de filmación de Fizcarraldo, de Werner Herzog

2. Melancolía de los leones, de Pedro Juan Gutiérrez.

3. Mi cuerpo es una celda, de Andrés Caicedo editado por Alberto Fuguet.

4. Maldita sea, de Julie de Trazegnies.

5. Just kids, de Patti Smith.

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1 Comentario

  1. Es un periodista al que admiro y me agrado conocer un poquito ha cerca de quien fue y su visión objetiva y subjetiva de lo. Que en su opinión es y debería ser el periodismo

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