Bestiario: “¡Son cuentos fantásticos!”

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Dedicamos esta nota a Bestiario, el primer libro de cuentos de Julio Cortázar, con el cual bastó para que el entrañable cronopio se convierta en uno de los mejores autores de la literatura latinoamericana.

 

Por Miguel Nicodemos

Fantástico. Fuerza extraña. Filosofía. Realidad y otra realidad posible. Animales. Mito. Hombre. Apertura. Aparición. Desdoblamiento. Incertidumbre. Bestiario de Julio Cortázar, es un acercamiento desde lo fantástico a lo real y muy posible de lo real a lo fantástico.

Publicado en 1951, reúne ocho cuentos: “Casa tomada”, “Carta a una señorita en París”, “Lejana”, “Ómnibus”, “Cefalea”, “Circe”, “Las puertas del cielo” y “Bestiario”, que fueron escritos a modo de autoterapia y de tipo psicoanalítica, ya que el autor aparentemente estuvo al borde de la locura.

¿Sus personajes son bestias? Las supuestas bestias no aparecen durante la lectura –conejitos, mancuspias, hormigas–. ¿Tigre?, no lo suficiente. ¡No son bestias! Lo que marca la diferencia son los desenlaces extraordinarios, sorprendentes e inquietantes. No, los esperados.

¿Y lo real? “Es en lo fantástico donde se sitúa la noción que yo tengo de la realidad”, afirmó con categoría el autor.

“Casa tomada” es el génesis,  publicado en 1946, ‘En los Anales de Buenos Aires’, que para Cortázar “…es el resultado de una pesadilla. Yo soñé ese cuento”, aseguró. No como lo describió, sino que había una sola persona, y algo que no se podía identificar lo desplazaba a lo largo de las habitaciones hasta echarlo a la calle. “Bestiario” (1947) y “Circe” (1949), fueron también los antecesores a los subsiguientes.

Julio Cortázar, uno de los máximos representantes del boom latinoamericano, expone a plenitud el realismo fantástico. A los nueve años había leído a Julio Verme, Víctor Hugo y Edgar Allan Poe. Adicto a la lectura, luego a los cigarrillos. Sus obras son leídas en mayoría por jóvenes. Cierto también, sus críticos han dejado fluir de cómo lo fantástico devora lo real.

6 000 de sus 25 362 días pasó en Buenos Aires, cuidad capital de la Argentina, epicentro de su obra. Confluye la relación de amor, odio, hastío, distanciamiento, pasión y melancolía, de lo que quizás –fantástico o real– dos amantes pueden tener. Publicado Bestiario, en un exilio voluntario, se estableció en París. Trabajo como traductor para la UNESCO.

Hombre alto, con cara de niño perverso, vestía un abrigo negro que parecía la sotana de un viudo, de hermosa voz que no parecía de este mundo, hablaba profundo con erres arrastradas que fascinaba al auditorio. Escribía con una pluma fuente de tinta legítima que manchaba los dedos sobre un cuaderno escolar, apartado, en algún café de París.

Como fórmulas para escribir empleó: perspectiva universal, visión global, incitación, provocación, fraternidad y razón vital. El espacio, el tiempo, el lenguaje, la vida diaria, la consecuencia, es una epifanía de la perfección de la felicidad y del amor; enfrentó al hábito, lo sólito, lo fragmentario y lo unilateral. Usó metáforas que van de lo ordinario a lo maravilloso.

“Yo leí Bestiario… y desde la primera página me di cuenta de que Julio (Cortázar) era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande”, escribió Gabriel García Márquez, autor de Cien años de soledad.

Y donde quiera que esté ahora, acaso estará escribiendo sin mirar más que a su propio cuaderno, cuentos de fantasía aproximándose a la realidad, esos del que no leeremos, o concluyendo una obra inconclusa, tan bella e indestructible como su recuerdo.

¡Joven, no se vaya tan rápido a Rayuela! Con Bestiario es posible empezar a ver (no a entender) cómo opera la regla de lo fantástico. ¿Es tan difícil entender a Cortázar? Es probable.

 

 

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