Alfredo Pita: “La historia peruana está cundida por la violencia”

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Alfredo Pita trabaja actualmente en una novela ambientada en su tierra natal, Celendín. (Fotos: Jaime Cabrera)
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Es considerado como un escritor de culto debido a sus escasas apariciones en la prensa peruana. Reside en Francia y continuamente viene al Perú, cuya situación social y política sigue a la distancia. Publicó el año pasado su novela El rincón de los muertos, obra ambientada a inicios de la década de 1990 cuando aún Ayacucho era presa de la violencia.

 

 

Por Jaime Cabrera Junco
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Celendín es una provincia de la región andina de Cajamarca. Allí creció Alfredo Pita, quien recuerda que en las noches, debido a que no había electricidad, su tía abuela Victoria Díaz Mori se sentaba a contarle historias de la familia, de la región y de otros países. “A ella le debo el gusto por el relato”, afirma. Sus maestros del colegio lo acercaron a los libros, entre ellos recuerda a Pelayo Montoya, quien publicó en un periódico mural sus primeros poemas que escribió en cuarto de primaria. Pero también tiene presente a la maestra Malena Peláez, quien le prestaba enciclopedias o libros como Tradiciones Peruanas, de Ricardo Palma, a condición de que se lavase las manos para leerlos. Luego el contexto social y político del país cumpliría su rol en su formación como narrador. Alfredo Pita es además periodista y vive en Francia donde ha trabajado en la Agencia France Presse. Publicó el año pasado su novela El rincón de los muertos. Otra novela suya, El cazador ausente (Seix Barral, 2000), ha sido traducida al francés, italiano, alemán, griego y portugués.

 

Usted vive en Francia desde hace buen tiempo y su presencia en los medios de comunicación tradicionales es bastante espaciada, es decir, no le han realizado muchas entrevistas. En un cable de la agencia EFE a propósito de su novela El rincón de los muertos, publicada el año pasado, lo denominan “escritor de culto”. ¿Primera vez que lo llaman así?
Ehh…No es la primera vez, pero a mí me ha sorprendido y me sigue sorprendiendo porque es una categoría que no llego a integrar del todo. Aparentemente eso connota “escritor para algunos, para entendidos, para quienes prefieren un tipo de literatura”…No lo sé.

 

Si por escritor de culto entendemos aquel al que pocos leen, pero tiene lectores fieles y es admirado fervientemente por un grupo significativo de lectores, críticos y otros escritores, ¿cómo ha sido vista su obra hasta ahora?
No me puedo quejar en ese terreno porque de uno u otro modo, en los diferentes momentos en que he presentado algo, creo que he tenido en general una buena recepción. Es cierto que no viviendo aquí ni participando de las actividades del medio peruano es normal que tienda a desaparecer del horizonte. Eso lo entiendo. Si ha habido otro tipo de fenómenos en torno a mi poca presencia en los medios culturales, prefiero no interpretarlos. Me quedo con el hecho de que cada presentación mía ha tenido eco y que hay gente que a partir de estas apariciones escuetas me ha leído.

 

Aquí su editor, Nerit Olaya, me alcanza un papel que dice que su novela El cazador ausente se vende por miles de dólares enAmazon, ¿es verdad?
(Sonríe) Ha sido un fenómeno extraño que se ha producido en los últimos seis meses. No sé a qué atribuirlo. Hay una edición de El cazador ausente de Seix Barral que se ha convertido en una rareza y como el libro no ha sido reeditado al parecer hay gente que especula con que sería un libro de colección, pero creo que son accidentes que no son significativos.

 

Todo esto nos hace reflexionar sobre ¿qué es un escritor de culto?¿En el Perú hay escritores de culto? Me parece más bien que hay una tendencia, sobre todo en los jóvenes escritores, de que su obra sea comentada, divulgada en distintos medios.
Hay un reflejo natural por existir, eso también lo entiendo perfectamente. Es una dinámica casi biológica: la de darse a conocer, hacerse de un sitio, crecer e imponerse de algún modo. Sin embargo, pertenezco a una generación que no hacía esto, sino todo lo contrario, que tenía una suerte de prevención, desprecio por todo eso. Entonces esto también explica que en mi caso, sobre todo al inicio, no haya cultivado las relaciones públicas, que ahora se han banalizado y se han convertido en la norma.

 

AlfredoPitaLPG2Esta poca visibilidad de usted y de sus novelas en los medios masivos, ¿tiene que ver con una estrategia personal o es más bien porque no le han dado un espacio?
No, no… Sería deshonesto decir “yo no busco darme a conocer, cultivo cierta reserva”. No, no es exacto. Tengo muchos amigos periodistas, los medios siempre me han dado espacio a pesar de que no vivo aquí.

 

En cierta forma su vida ha estado marcada o influenciada por las circunstancias políticas y sociales del país. Por ejemplo, su padre, Manuel Pita Díaz, fue uno de los fundadores del Apra Rebelde, y usted conoció a Luis de la Puente Uceda. Además, como periodista usted fue designado para ir en Ayacucho luego de la matanza de los periodistas en Uchuraccay, en 1983. Esta experiencia, incluso, lo llevó a escribir su novela El rincón de los muertos. La pregunta que viene, en ese sentido, es, ¿cuál es el leitmotiv por el que escribe? ¿Qué le despierta el impulso por escribir ficción?
Creo que tengo que quedarme con esta secuencialidad a la que me lleva el testimonio. Al inicio hay un gusto por el relato y por la escritura, por el relato escrito, esto es innegable. Por otro lado, el final de mi infancia y el comienzo de la adolescencia me han predispuesto a la lectura, pero en ningún momento en esa etapa he pensado que algún día iba a escribir, que iba a desarrollar la escritura como una actividad importante. Mis quince años coincidieron con la muerte de Javier Heraud y entonces allí sí comencé a ver que el hecho literario podía llevar a otro tipo de relaciones. Todo eso era muy vago y difuso, pero dejó una marca. En paralelo a esa impronta literaria y a esa peripecia normal de mi generación –fui un provinciano que tuvo que ir a la costa-, está el hecho de que mi familia, por parte de mi padre, estaba muy metida en política. Entonces los ingredientes se van sumando y van, supongo, condicionando una sensibilidad.

 

A propósito de El rincón de los muertos, usted contó que venía trabajando diez años en ella, pero que había decidido dejarla momentáneamente cuando vio que se publicaban algunas novelas sobre los años de la violencia en el Perú por una suerte de moda. Quisiera detenerme aquí, ¿considera que este tipo de narrativa en el Perú obedece a una moda?
Tuve ese sentimiento en la medida que de pronto había muchos libros sobre el tema y eran libros que venían sobre todo de Lima. Era una aproximación limeña. Eso me obligó a una especie de paso atrás y mantuve el libro en espera.

 

¿No hay un legítimo interés en estos temas?
Creo que es un tema que recién comienza a tocarse, englobo a los libros que salieron en aquella época y los de ahora. Es un tema muy vasto. Además creo que los escritores peruanos no debemos perder de vista que la violencia peruana no solamente comprende los años 80 y 90, en donde hubo casi una guerra civil y una masacre generalizada de peruanos por peruanos, en la región de Ayacucho sobre todo. La violencia peruana es consustancial al hecho social peruano. Si miramos bien nuestra historia, en la República e incluso antes, todo se funda en la violencia. La violencia puede estar disfrazada, encubierta por una cierta legalidad, pero las relaciones sociales en nuestro país se fundan en la imposición y en la preservación de castas y privilegios, y eso solo se puede dar por la fuerza, ergo por la violencia. Estamos cundidos por la violencia. Entonces qué de más natural que los escritores peruanos de mi generación, y los que vienen después, que a través de sus obras hablen de la violencia.

 

¿Ha leído algunas de estas novelas? ¿Qué le parecen?ElRinconMuertosAlfredPita
No he leído todas las que quisiera, por lo cual no quiero ser injusto por desconocimiento, pero creo que todos, especialmente los libros que están apareciendo en los últimos años, son libros meritorios y que contribuyen a una edificación mítica y alegórica, a una especie de conjuro necesario para que esta sociedad se entienda mejor y se ayude a sí misma.

¿A pesar de vivir en Francia se mantiene al tanto de las novedades que se publican en el Perú? ¿cómo percibe las obras que actualmente se produce en el Perú?
Mi estadía en Francia tiene que ver con mi trabajo. Me fui en 1983 para trabajar en periodismo. Mi actividad como periodista allá salvó mi vinculación muy cercana con la cotidianidad peruana. Ser periodista me llevaba a leer sobre la actualidad de muchos países, pero por interés propio leía las noticias de lo que ocurría en el Perú. La vida me obligó a desarrollar reflejos políticos, por lo que he seguido la actualidad peruana siempre. Ahora, seguir la evolución de los acontecimientos en los campos social y político no siempre permite seguir la evolución del hecho literario, de allí que mis conocimientos… Tengo una idea muy general sobre los libros que se han publicado, pero no los conozco a fondo.

 

¿Reconoce la influencia de algunos escritores en su obra?
Es una pregunta muy difícil responder, porque siempre las respuestas son atrabiliarias. A mí me han marcado mucho mis lecturas del final de la adolescencia, pues buscaba modos expresivos que me correspondieran. Creo que le debo mucho a grandes escritores peruanos como Vargas Llosa, Ribeyro, Arguedas o Alegría, a quien leí a los 12 años, al mismo tiempo que a Víctor Hugo. Admiro a Alegría y me parece un poco injusto el ostracismo en el que se lo tiene, como a Scorza, por otro lado. He leído sobre todo con la intensidad del alumno que aprende de los maestros a los escritores del Boom. Además de Vargas Llosa he leído mucho a Cortázar, a Fuentes, y en la periferia del Boom a Carpentier, a Borges, pero he leído también a los franceses del siglo XIX, a Flaubert, y también a autores franceses del siglo XX. Admiro a Malraux, a Celine.

 

¿La distancia del Perú es un estímulo para escribir?
Me llevas a pensar en lo que era mi circunstancia de joven periodista a mediados de los 70, a inicios de los 80. Me preparaba de algún modo para desarrollar algo en el terreno de la escritura y lo veía muy difícil, capturado por la realidad, por los compromisos cotidianos. No creo que en esta época, donde veo que hay tantos escritores jóvenes, las cosas sean más fáciles, sospecho que no. En mi época era muy difícil ganarse la vida, tener una actividad profesional y en paralelo intentar una obra. El vivir en el extranjero, y en un medio como el francés, le da a quien ha escogido esta circunstancia las condiciones del aislamiento. No digo que sea el paraíso para los escritores, pero hay una cierta facilidad para ponerse a un lado, para reservar horas. Usar, por ejemplo, en el París de hoy, la red de bibliotecas públicas que hay en cada distrito. Una persona que tiene unas horas disponibles allí puede concentrarse más. En París hay este tipo de facilidades.

 

Tengo entendido que viene trabajando en una novela ambientada en su tierra, Celendín
Tengo muchos libros avanzados en mayor o menor grado, y una novela sobre Celendín será no sólo un retorno a Celendín, sino pagar una deuda ineludible. Pero el próximo libro no será sobre Celendín. Será un libro de corte amazónico, un libro que tendrá un cierto sesgo policial, un thriller, que me va a llevar a visitar los mundos físicos y la realidad, o la surrealidad, de ese lado peruano que conozco poco y para el cual me vengo preparando.

 

 

LOS CINCO LIBROS FAVORITOS DE ALFREDO PITA

1. El zorro de arriba y el zorro de abajo, de José María Arguedas.
2. La condición humana, de André Malraux.
3. Luz de agosto, William Faulkner.
4. Pedro Páramo, de Juan Rulfo.
5. El astillero, de Juan Carlos Onetti.

 

 

Un fragmento de la novela El rincón de los muertos

CAPÍTULO I

A Rafael Pereyra lo conocí en noviembre de 1989, hace un año y medio ya, a mi paso por París, después del reportaje aquel que hice en Berlín tras la caída del Muro. Fue en casa de Arturo Soria, un escritor mexicano. Es un periodista, como tú, Vicente, me dijo el anfitrión; es un periodista peruano que trabaja en una agencia de prensa. Además, es poeta, subrayó, pícara, su mujer. Rafael se puso rojo como un tomate. No te preocupes, le dije, yo también cometo poemas a escondidas. Me agradeció en silencio. Conversamos durante horas. Le gustaban los quesos fuertes, el vino tinto y los libros de folletín franceses del siglo XIX, como a mí. Lo vi dos o tres veces más en el año que siguió. La última fue en octubre pasado. Yo volvía de nuevo de Berlín, a donde había ido a cubrir la firma de la reunificación alemana, por encargo de El Tiempo, de Bilbao, que me había pedido poner el acento en la emoción de las masas, en la fiesta, en la cerveza, en particular de los ozzies, los estealemanes, en el momento preciso en que entraban en el paraíso occidental, capitalista y democrático. Para decir verdad, venía de alemanes hasta las narices, y el reencuentro con Rafael lo sentí como una señal. Estábamos, esa noche, otra vez en la casa del amigo mexicano y volvimos a beber y charlas sin frenos. Sí, ya era el momento de reorientar mis actividades hacia América, hacia Perú, ¿por qué no?, país que desde hacía un buen momento me hacía guiños. En el año que había pasado había conocido más a Rafael, a su familia, a su mundo en París, y bien podía decirse que ya éramos buenos amigos. Rafael sabía de política española. Andaba muy informado de lo que pasaba en el gallinero ibérico, lo que no era de extrañar porque trabajaba en lo que trabajaba. No le perdonaba al PSOE de Felipe González, y esto me hizo gracia, “el inicio de la persecución” de sus compatriotas en España. Los hijos de puta de los socialistas estaban amenazando con pedirles visa, dijo, a él, a los peruanos, a los andinos en general.

-¿No te paree el colmo…?

Se amoscó. ¡Con todo lo que nos debe la ingrata España…! ¡Este Rafa no cambiará nunca!, dijo Arturo. Todos reímos. Tampoco perdonaba a los socialistas que, en los años 80, en la “puta Madre Patria” se hubiera consagrado el término “sudaca” para designar a los sudamericanos. El término le parecía infamante. Es cuestión de eufonía, decía. Era inteligente e informado, pero reaccionaba irracionalmente frente a lo que consideraba injusticias. Lo sacaba de quicio el asunto de los bandidos peruanos que supuestamente asolaban las carreteras catalanas. Es una campaña orquestada para crear una psicosis colectiva, decía. Los supuestos peruanos desvalijaban a los alemanes y nórdicos que caían en sus ardides: un falso herido tendido en la carretera detenía a los turistas, que socorrían al caído, mientras los ladrones se llevaban el equipaje del maletero del coche. Hombre, la prensa española les reconoce el mérito a esos malandrines de que sólo emplean el ingenio y nunca la violencia, dije intentando una sonrisa. Es un magro consuelo, replicó, amargo. Agregué que esa misma prensa decía ahora que muchos de esos atracos los cometían malandros nacionales. El daño está hecho, dijo, para muchos siempre será más cómodo pensar que se trata de la banda de los peruanos. Que seguramente existe, dije. Si es así, lo que saquen es poco en comparación con lo que robaron tus antepasados, respondió. Me avergoncé de estar provocándolo y estuvimos bromeando un rato más, pero ya en otro tono. En el fondo me sentía identificado con él. Tenía razón, desde hacía algún tiempo, en España aparecían brotes, aquí y allá, de una cierta xenofobia contra los andinos, lo que era una vergüenza si se piensa en las oleadas de emigrantes “gallegos” con que habíamos inundado América Latina. Rafael iba, sin embargo, mucho más allá de esos arranques de indignación algo folclóricos. Las novelas de folletín, su pasión por la literatura francesa decimonónica y el interés mío por Perú, habían facilitado nuestro contacto e hicieron que prendiera entre nosotros una buena amistad, pero era sobre todo la pasión con que Rafael pensaba su país, los dramas que vivía su gente, lo que la había afianzado. Su país se desangraba, y esto duraba ya una década. El hombre llevaba la sangría peruana como una herida abierta en el pecho y el cerebro, y todo lo que me decía al respecto me interesaba.

-Rafa, ahora es cuando necesito tu ayuda.

Se lo dije con claridad aquella noche y el resultado es que ahora estoy aquí, en Ayacucho, en las montañas del sudeste del Perú, preparando un nuevo reportaje.

 

 

 

 

 

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