Alfredo Bryce Echenique: “Lo mío ha sido contar y nada más”

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Alfredo Bryce posa delante de uno de los estantes de su biblioteca. (Foto: Handrez García)
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Una conversación con el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, quien ha dicho hasta aquí nomás y ya no volverá a escribir una nueva obra. Cree que ya cumplió literariamente y ahora que no escribe se dedica a ver películas.

 

Por Jaime Cabrera Junco

Fotos: Handrez García

El escritor más humorístico de la literatura peruana se encuentra hoy sereno, un poco ido. De buen agrado, y con una cordialidad medida, nos recibe en su departamento. Se sienta en un amplio sofá color beige, piernas cruzadas y esperando que empecemos. Alfredo Bryce Echenique ha cumplido 80 años en febrero. Quizás, con toda razón, podrá decir que bien vividos y bebidos. Su sonrisa habitual es apenas un esbozo. Quizás esto por el ritmo frenético de entrevistas que ha tenido en Chile y Argentina, y ahora en Lima. Bryce ha hablado para diarios, programas de radio y de televisión. El escritor aguarda tranquilo, como resignado, y para calentar motores le pregunto sobre qué hace en estos días sin estar frente al teclado. “Me quedo viendo películas”, responde. My fair lady, con Audrey Hepburn, es la última cinta que acaba de ver. “Una película inglesa muy bonita. Muy musical”, añade.

La publicación de su tercer y último volumen de antimemorias, Permiso para retirarme, es el pretexto para esta conversación de respuestas parcas y poco sazonadas. Un contraste con su prosa torrentosa y humor desbordante. Bueno, permiso para empezar.

 

Usted dijo alguna vez que escribía para que lo quieran más. Dejar de escribir, obviamente, no significa que lo van a querer menos, pero sí que, literariamente, se le va a extrañar. ¿Dejar de escribir tiene que ver con que ya todo está dicho y no hay nada qué decir? ¿O más bien obedece al cansancio?
Obedece a las dos cosas. Yo, en realidad, me he cansado un poco de escribir, me molesta mucho el temblor de las manos, el tener que editar, todo eso me molesta. 

Este último libro ha resultado más corto que los anteriores. ¿Es por esta dificultad de poder escribir?
No, no, por eso no. Lo he escrito gustosamente dictándole a una señora que seguía muy bien lo que yo escribía. Ha salido así porque ya es el final (ríe).

¿Y alguna vez sintió que lo quisieron menos? No por algo literario, quizás por esta controversia por sus columnas periodísticas…
No, esas columnas periodísticas no son problema ninguno. La gente no sabe o no quiere saber que yo fui acusado de haber plagiado y, lógicamente, respondí con un abogado y fui absuelto por la fiscalía que vio el caso. No saben que se archivó definitivamente ese expediente, ¿no? O sea, que eso la gente no lo sabe porque no ando diciendo estas cosas. Yo sí lo sé y me siento absolutamente satisfecho con el resultado.

 Volviendo ya a lo literario propiamente, en una entrevista del año 72, usted le comentaba a César Hildebrandt: ‘Yo no creo ser un novelista, yo soy un contador de historias. Si pudiera usar el micrófono, hablaría y no escribiría’. Este estilo, este rescate de lo oral, de la conversación, de las historias de sobremesa de la familia, ¿explica esta prosa torrentosa, este estilo tan suyo? Por ejemplo, cuando salió Un mundo para Julius, el crítico Abelardo Oquendo decía que esta novela podría haber ganado mucho si el autor le hubiera hecho perder algunas páginas…
Bueno, eso lo ha dicho otra gente también pero yo no reniego de nada. Me di cuenta de que había unas páginas que eran un poco reiterativas, pero en ese momento las sentí indispensables.  Alargué la novela por poner más cosas. Eso la gente lo considera un error pero yo no.

¿Se trata acaso de retratar casi fielmente el relato oral?
Claro, claro que sí. El cuentacuentos siempre me ha fascinado. Siempre…

En ese contar oralmente a veces hay algunas reiteraciones, algunas digresiones también que es una huella tan suya…
Claro, claro, claro como hay en la conversación, ¿no? Una cosa te lleva a otra.

Es decir, es un estilo muy consciente, no es un descuido de edición, de sumar más páginas deliberadamente…
No, no, nada de eso, no, no.

Y hablando de Un mundo para Julius, en su momento fue leída como una crítica a la oligarquía limeña y no fue vista desde uno de sus temas como son la nostalgia y la ternura. Leyéndola ahora, ya que el próximo año va a cumplir 50 años, uno encuentra que las diferencias sociales en el Perú no han cambiado tanto. ¿Cómo ve a la distancia esta primera novela que tanto éxito tuvo y sigue siendo tan leída?
Bueno, la releí una vez y me fastidió porque consideré que era muy perfectible, cosa que le pasa a muchos escritores. García Márquez decía siempre —éramos muy amigos—y me decía siempre que releía Cien años de soledad le jodía porque sintió que su novela era digna de ser corregida todavía. (Piensa) Era muy perfectible, eso me ha pasado.

¿Y se ha releído a menudo?
No, no, yo releo a autores que me gustan.

¿Ni siquiera al libro que le tiene más cariño, Tantas veces Pedro? ¿No lo ha vuelto a releer?
La verdad, no. Una vez tuve que hablar mucho de ese libro y, lógicamente, tuve que releerlo pero fue porque lo tradujeron al japonés y me tuve que ir hasta Japón para presentarlo y ahí, pues me hizo mucha gracia que a los japoneses les gustara un personaje como ese, muy extravagante (risas).

¿Cómo se leerá en Japón una novela suya? Que aquí puede sonar no sé si costumbrista, pero entendible, ¿no?
Vete tú a saber… (risas)

 

Alfredo Bryce en la sala de su departamento, en el distrito limeño de San Isidro. (Foto: Handrez García)

 

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Bryce estaba destinado a ser banquero. Eso al menos lo determinaba sus antecedentes familiares. Banquero el abuelo materno, banquero el padre. Nació en cuna de oro y pudo estudiar en las británicas tierras de sus ancestros, pero estudió en San Marcos. Su tatarabuelo fue el presidente José Rufino Echenique, quien gobernó entre 1851 y 1855. Fue acusado de despilfarrar dinero de las ganancias del guano y el salitre. Es curiosa la historia cíclica del país, pero esa es una novela más larga. Volviendo al escritor, se licenció como abogado y luego de entregarle el título al padre viajó a Francia en 1964. Luego se haría doctor en Letras con una tesis sobre un escritor raro llamado Henri de Montherlant (Francia, 1895-1972). El Bryce escritor nació oficialmente en Europa. En Italia escribió su primer libro, el cuentario Huerto cerrado (1968), y luego vendría Un mundo para Julius (1970).  Y aquí estamos ahora.

Hay más de un Alfredo Bryce en la sala. El que está sentado en el sofá y otros plasmados en dos cuadros. Ambos del fallecido pintor peruano Herman Braun Vega. En uno de los retratos, el escritor aparece en terno con un manuscrito y cerca a la playa. Al fondo se aprecia un estante con sus libros. Por recelo fue difícil ver los libros de su biblioteca, pero el mismo autor menciona que tiene varios títulos en francés e inglés. Otra vida hay en ese estante.

 

Cuando uno busca las raíces o influencias literarias en el llamado ‘boom’, por ejemplo, encuentra a William Faulkner como un faro.  Si uno busca una influencia literaria en su caso, encuentra a autores o referencias que ya ha mencionado en los libros, a Hemingway o al propio Céline, pero al final su estilo se apoya en lo oral, en lo anecdótico. ¿Qué podría decir sobre sus influencias literarias?
Bueno, Céline era un contador de cuentos por excelencia, ¿no? Stendhal lo era también, o sea que a mí me encanta hablar con gente que cuenta. Hay un maravilloso amigo que ya ha fallecido desgraciadamente, Heraclio Cepeda, el cuentacuentos mexicano, y cuando contaba historias, cada vez que las contaba, las contaba distintas. La gente lo interrumpía para decirle ‘¿Pero por qué no escribes una novela sobre eso?’ y a él le fregaba la paciencia esa pregunta. Y entonces encontró la fórmula para escaparse de ese problema y decía: ‘Como tengo ya escrito en la novela que estoy escribiendo…’ y no la escribió nunca (risas).

Y en su caso, ese impulso literario fue estimulado en el colegio porque usted era un fabulador ya de muy niño y en la escuela contaba cosas y es un profesor el que le dice ‘Tú deberías ser novelista, deberías escribir’. ¿Y cómo empieza usted ya a proponérselo más seriamente? Porque usted intentó escribir, pero recién en Europa lo consigue…
Sí, pues. Sí, sí. Bueno no escribí porque era estudiante, realmente era un estudiante aplicado y la vida se me iba en cumplir mis tareas universitarias y no tenía en mente que la escritura iba a surgir en Lima, sino en otro sitio.

 Y recién es en Europa, bueno, primero su estancia en París y luego ya en Italia que empieza a escribir. ¿Qué tuvo que pasar para que empezara ya a escribir los cuentos de Huerto cerrado? ¿Pasó algo? ¿Es la distancia emocional y física del país que dejó?
Sí, eso, eso, claro que sí, eso.

 ¿Considera usted que la literatura peruana, concretamente a la novela, le falta humor? Es decir, ¿la novela peruana es muy solemne? ¿Estamos influidos, y los jóvenes escritores también, por Vargas Llosa y la tradición realista? Las últimas novelas de literatura peruana hacen referencia a la violencia política y quizás el humor es visto como una frivolidad.
Pues sí, pero no sé pues, yo escribo como escribo y lo que pasa no me interesa, no interesa.

 ¿La novela debe reflejar la realidad? ¿Debe explicar la realidad?
No necesariamente.

En las novelas suyas, ¿qué ha intentado explorar? ¿Qué ha intentado buscar?
Bueno, un tono, el tono es importantísimo en una novela. Y yo creo que eso es algo que ha estado siempre ahí en mis libros, el tono en el cual se cuenta.

¿Y ha sido consciente de que muchas de estas páginas pueden haber despertado carcajadas, las sonrisas del lector? ¿O eso ya ha venido sin que usted lo pensara?
No, eso me lo han contado los lectores (risas). Yo no lo he escrito así para buscar esto ni asá pero, sí pues he escrito así libremente y son los lectores que me han contado las reacciones que producen mis libros.

 Y a usted mismo en la escritura, ¿le ha dado algún ataque de risa, ha recordado alguna anécdota y le ha metido mucha más sazón para hacerla mucho más hilarante?
Eso no, definitivamente no.

Simplemente ha fluido…
Ha fluido, ha fluido…

¿Qué novela peruana que no haya escrito usted le hubiera gustado escribir?
¿Qué novela peruana? (Piensa) Novela… yo creo que Los cachorros de Vargas Llosa, por ejemplo.

¿Por el mundo que cuenta, por el mundo juvenil? ¿Por qué en especial?
Por cómo lo cuenta, sí sí sí.

Es interesante porque no sé si llamarlo contraposición necesariamente pero, por ejemplo, Conversación en La Catedral se publicó en 1969, al año siguiente viene Un mundo para Julius. Está presente la idea de la novela total, de explicar la realidad, y por un lado está su obra.
Sí pues, así me salen las cosas (risas).

 Usted ha dicho que nunca ha escrito mediante un plan racional, o sea, la escritura es la que lo va llevando sin saber por dónde termina la historia y yo quería preguntarle, en ese sentido, ¿desde dónde escribe usted? ¿Es desde la nostalgia? ¿Es ese el disparador?
No sé. Yo creo que hay un mecanismo que, solo por describir, yo diría mágico aunque no creo que haya magia en lo que yo escribo pero en la concepción de eso, lo tonal es muy importante, es muy importante y realmente, pues yo no me he planteado esas teorías sobre los libros tanto. Para mí ha sido contar y nada más.

Ha contado en una conferencia en España que con La vida exagerada de Martín Romaña es que detecta ya mucho mejor este tono. ¿Lo recuerda así?
No, el tono ya está en Huerto Cerrado, en algún relato, y “Con Jimmy, en Paracas”. Ahí creo que estaría el nacimiento de mi estilo, de mi manera de contar. Muy oral, muy oral…

Y quizás que en ‘Martín Romaña’ se desarrolla con más amplitud…
Sí, ya lo creo. 

 

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Este es su libro número 29. Quiso llegar a los 30 y lo hará luego cuando se publiquen las cartas que intercambió con algunos de sus entrañables amigos. Al inicio de nuestra conversación Bryce mencionó que le temblaba el pulso. Es cierto, sus manos vibran con cierto disimulo, el cual se rompe cuando toma la pluma y firma un autógrafo. En estas antimemorias evoca los lugares que transitó, los amigos que lo acompañaron, entre ellos el cómico Tulio Loza. Con el ‘Cholo de acero inoxidable’ estudió Derecho en San Marcos y este con sorna lo llamaba ‘Mr. Bryce’ y le hacía roche por su timidez para dirigirse a las chicas. Dos formas distintas de hacer humor. La de Tulio en la televisión, y la de Alfredo en la literatura.

Estas antimemorias son su despedida literaria y en sus primeras páginas dice que hace suyo el epitafio de Stendhal: escribió, amó, vivió. Bryce se está despidiendo. Ya ha dejado escrito que le gustaría que sus cenizas se esparzan en la playa Cantolao, en La Punta. La Punta madre, como la llama en sus memorias. Momento de balances.

Hechas las sumas y restas, ¿cree que ya escribió su gran novela o se retira con esa deuda pendiente?
No, creo que ya he escrito las novelas de Alfredo Bryce, pero no creo en una gran novela ni en una chica.

No hay ningún tema pendiente, en todas las novelas ya está lo que quiso contar…
Yo creo que sí, yo creo que sí.

¿Alguna vez alguien le pidió un consejo para escribir? ¿Un joven escritor, un amigo?
No, creo que no.

Y si yo le preguntara qué consejo fundamental le daría a un escritor, ¿cuál sería?
Ah pues, que la inspiración no existe, lo que existe es la transpiración. O sea, hay que darle, darle, darle.

¿Cómo ve la figura del escritor ahora en la actualidad? Lo pregunto porque antes, el escritor tenía una preponderancia en lo social, en el mundo cultural, era una figura muy activa. Pero actualmente el escritor, ¿qué rol juega en la sociedad?
¿En la sociedad? (Piensa) Bueno, yo creo que depende del autor, depende de muchas circunstancias. No existe una concepción de todo eso. Yo diría que es casi gratuito, ¿no? Eso.

Así como dijo que Mario Vargas Llosa es como nuestro Julio Iglesias, y Julio Ramón Ribeyro, nuestro Agustín Lara, ¿quién vendría a ser Alfredo Bryce?
No sé. (Piensa) Ah, Daniel Santos, creo yo.

O un gran humorista también, ¿no?
Sí pues, en general. Eso sí, eso sí.

¿Usted podría decir que ha vivido económicamente gracias a la literatura? Es decir, ¿solo de sus libros?
Bueno, sí pero tuve que esperar bastante. Yo he trabajado muchos años en universidades, en París, en Italia, en España; en Estados Unidos he estado dos veces, una vez en Austin y otra vez en Yale de profesor; y así me he ganado la vida hasta que he podido vivir de lo que escribía.

A veces erróneamente un joven escritor ve en el éxito como la posibilidad de vivir idílicamente de lo que escribe y es difícil.
Es difícil, ya lo creo.

Finalmente, usted ha pedido que sus cenizas sean esparcidas en el mar de La Punta pero, si tuviera la posibilidad de escoger un epitafio o una frase, así a lo Stendhal, muy suya, ¿cuál sería?
(Piensa) Mira, me cae a pelo la de Stendhal. Ojalá la pudiera usarla (risas) Sí, sí, por ahora no he resuelto eso.

 

LOS CINCO Y MÁS LIBROS FAVORITOS DE ALFREDO BRYCE

  1. Rojo y negro; La cartuja de Parma, de Stendhal.
  2. Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline.
  3. Cuentos y El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.
  4. El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
  5. En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.

Bonus track:

La poesía de César Vallejo.

 

 

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