Alberto Ísola: «Me gusta que me recuerden más como profesor de teatro»

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 Alberto Ísola es un referente de la escena local, un mil caras -teatralmente hablando, claro está- y tan afable que es de aquellas personas a las que dan ganas de volver a entrevistar. El pretexto para esta conversación fue el Día Mundial del Teatro que se celebró el pasado 25 de abril.

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Así como los futbolistas calientan los músculos antes de
salir al campo de juego, algunos actores también realizan precalentamientos. Ese
parece ser el caso de Alberto Ísola, quien sentado en una silla espera sobre el
escenario fumando un pequeño habano. No es un vicio personal, sino de su
personaje, el pintor Mark Rothko, a quien interpreta en Rojo (que va en el teatro La Plaza). Cuando lo tenemos al frente la
expresión que dibuja su rostro es de meditación absoluta tanto que no se percata
de nuestra presencia. Luego del «buenas tardes, señor Ísola», parece despertar.
En realidad quien duerme ahora es su personaje, pero el pequeño puro seguirá
encendido durante toda la entrevista.

 

Cuando era niño, dice
usted, que era una persona retraída y  le
gustaba mucho leer. ¿Podríamos decir que haber sido poco sociable lo volvió un
lector?

No, creo que con la familia que tuve, con las abuelas que tuve
con esta tradición de leer, hubiera sido un lector igual si hubiera sido una
persona extrovertida. Claro, el hecho de ser un niño retraído y solitario hizo
que la afición por la lectura fuera todavía aún más apasionada.

¿Recuerda cuáles
fueron sus primeras lecturas? ¿Cuáles fueron los autores o libros que marcaron
su infancia y adolescencia?

Lo que más me impactó de niño fueron dos libros: Pinocho, de
Carlo Collodi, que sigue siendo uno de mis libros favoritos y que no es, como
la gente piensa, un libro para niños. Y el otro libro que me capturó de niño
fueron los cuentos de Hans Christian Andersen, cuyas historias tienen que ver
con la soledad desde El patito feo, El soldadito de plomo o La sirenita misma, que ha sido
‘pasteurizada’ por Walt Disney.

¿De niño lo llevaban
al teatro?

Sí, veía mucho teatro de títeres. En esa época -estamos
hablando de mediados de los 50-, no había mucho teatro para niños, pero sí
mucho teatro de títeres. Y de niño tuve una colección impresionante de títeres
y para mí el teatro eran los títeres. Recién a los 15 o 16 años empecé a ver
teatro más seguido.

¿Le llamaba la
atención la puesta en escena o solo tenía la visión de un espectador?

Creo que lo que más me fascinaba del teatro de títeres era
entrar por atrás y ver cómo era (ríe). Solo cuando cumplí 15 años y vi un
ensayo en el colegio es que realmente que me di cuenta que esa era mi vocación.

Es precisamente en el
colegio que un cura formó un club de teatro y lo invitó a participar de él.
Usted dijo que esto le cambió la vida.

Yo estaba pasando por un momento muy difícil, era más
retraído como adolescente, tenía 14 o 15 años, y me refugiaba en el mundo del
cine y de los libros. El padre Forgacs pensó que me podía interesar y me invitó
a ver un ensayo y fue literalmente un amor a primera vista. O sea, vi teatro y
dije «yo quiero hacer esto el resto de mi vida», y así fue. Esto definió mi
vocación y me volvió, de un momento a otro, una persona sociable y una pequeña
celebridad dentro del colegio (sonríe) y esto fue importante.

¿Qué fue lo que
descubrió en el teatro que le hace decir que le cambió la vida?

Creo que dos cosas, una de ellas era la posibilidad de
plasmar. Yo siempre he querido escribir cuando era chico, pero me costaba mucho
trabajo estar solo y sentarme a hacerlo. Y cuando vi ese ensayo en el colegio
me dije esto es como escribir en colectivo, y es escribir en el espacio y en el
tiempo. Eso me fascinó. Lo segundo fue el trabajo colectivo que, se entiende
porque yo era una persona muy tímida -y todavía lo sigo siendo-, era una
posibilidad de integrarme a los demás.

Cuando terminó el
colegio usted quería estudiar dirección teatral ¿por qué esa determinación de
dedicarse a la dirección cuando lo común es seguir actuación?

Como actor no tuve experiencia antes, yo fui asistente del
club de teatro del colegio. Siempre fui un observador y veía mucho cine, mis
grandes ídolos eran Fellini, Bergman y Buñuel. Yo quería ser como ellos, no
quería ser actor, por lo menos eso no pasaba por mi cabeza.

Su debut oficial en
las tablas sería en 1972 con la obra A la
diestra de Dios Padre
, dirigida nada menos que por Gustavo Bueno.

Ahí pasó una cosa muy graciosa. Yo era asistente de Gustavo
y uno de los actores se fue y yo entré a suplirlo. Lo hice un poco a
regañadientes porque no quería ser actor y allí empecé. Así comenzó mi
experiencia como actor que primero le empezó a gustar más a las personas que me
veían que a mí (ríe), pero poco a poco me fue interesando y fue desarrollándose
también como un interés paralelo a la dirección.

Le decía que habían
pasado ya 40 años y me preguntaba si ya con tanta experiencia como actor ¿se
siguen teniendo nervios antes de salir a escena?

Sí, siempre. Yo creo que eso es una señal de salud. Eso es
maravilloso, es una sensación indescriptible. Yo no hago deporte de alto
riesgo, pero me puedo imaginar que es algo parecido.

 

VIVIR MÁS POR EL
TEATRO QUE PARA EL TEATRO

Alberto Ísola, el Rey Lear. Alberto Ísola, el Virrey Amat.
Alberto Ísola, Mark Rothko. En fin, este señor de las mil caras -teatralmente hablando-
dice que al igual que cuando escuchó el mensaje de Meryl Streep al ganar el
Oscar como mejor actriz, pensó lo mismo.  «He tenido mucha suerte. Inclusive los personajes
que no pueden haberme salido tan bien, todos ellos han sido un regalo»,
responde al decir que es imposible para él escoger algún personaje memorable. Lamenta
eso sí que sobre La Perricholi se haya comentado absurdamente el semidesnudo de
su protagonista, Melania Urbina, que la calidad de la telenovela. «A veces
prendes la televisión en las mañanas y puedes ver unas cosas espantosas»,
argumenta. Son las siete y cuarto de la noche, quedan 45 minutos para que empiece
la función de esta noche. Nos queda poco tiempo. La conversación debe
continuar.

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Usted asegura, aunque
no parezca en lo absoluto, que es una persona tímida y que el teatro es su
válvula de escape. ¿El teatro ha sido realmente una cuestión terapéutica o es
una manera de explicar su gusto por él?

Yo creo que el teatro tiene siempre una función terapéutica.
Creo que todo el mundo debería hacer teatro siempre. Creo mucho en el teatro
como una manera de desarrollar a las personas, pero eso es muy diferente al
teatro profesional. Para mí el teatro no es mi terapia sino mi profesión. Mi
actitud al teatro es ahora como el de un profesional.

¿Hay obras de teatro
que le hayan parecido magistralmente escritas y cuya escenificación no haya
estado a la altura?

Hay monumentos impresionantes, como el Rey Lear de William Shakespeare, donde yo he actuado. Esta es una
obra que, por más extraordinario que fuera ese montaje que hicimos, el original
es siempre superior porque es uno de esos monumentos de la literatura
universal. Pero creo que cada montaje recrea la obra a su manera. Con las obras
de Shakespeare uno siempre tiene la sensación de que la obra siempre es más
grande.

¿Cuál es la obra
teatral que más le haya impactado y a la que más vuelve como lector?

Hamlet. Siempre
regreso a ella porque es una obra que, entre muchas cosas, es sobre el teatro.
Constantemente vuelvo a ella porque enseño y trabajo mucho sobre Hamlet con los alumnos, así que yo diría
que es la obra que más leo y a la que más regreso todos los años.

Tengo entendido que
usted ha leído mucho teatro, aunque ahora ha parado la mano ¿no? ¿A qué se debe
que ya no tenga tanta curiosidad teatral como lector? ¿Ya no se está
escribiendo nada nuevo?

Soy un lector voraz y he leído un altísimo porcentaje de lo
que puede llamarse el canon del teatro clásico y contemporáneo, pero ha llegado
un momento en que lo que se escribe ahora no me parece tan interesante como
antes. Pero también es porque tengo varios proyecto que quiero hacer y no me
queda tanto tiempo.

¿Quiénes son los
grandes maestros del teatro?

Yo diría que hay como cinco. El más grande de todos siempre
Stanislavski porque se tomó el tiempo de investigar. Pero también soy un
admirador de Brecht, de Grotowski y de Peter Brook. Y también admiro a Antonin
Artaud, quien es probablemente más que nada una influencia, pues lo que yo hago
no tiene que ver con lo que él quería.

¿Y qué tanto talento
se requiere para ser actor? ¿El actor nace o se hace?

No me gusta esa palabra…talento es una moneda. Nunca hablo
de eso porque no sé qué es, de dónde viene. Uno tiene una predisposición que
sin técnica no funciona. Entonces creo que si me preguntas si uno nace o se
hace actor, yo creo que las dos cosas. Hay una sensibilidad y tiene que haber
algo para que esa sensibilidad pueda desarrollarse, y eventualmente puede pasar
que gente que al comienzo no eran buenos se convirtieron luego  en grandísimos actores. Yo creo mucho en la
técnica.

Y hablando de esto
usted ha tenido en sus talleres de actuación a modelos, vedettes y bailarinas

Sí, sí. Mariella Zanetti, por ejemplo, que ha sido una de
las mejores alumnas del taller que tuvimos. Yo siempre le digo que debería ser
más actriz que vedette, pero es su decisión personal. Pero yo no creo en esas
cosas, así como no creo en ninguna forma de racismo, yo no creo que haya ningún
tipo de prerrequisito para que una persona pueda ser actor.

Cree que el público
peruano tiene una predilección por la comedia más que por las obras más
profundas. Como espectador he notado que a veces la gente se ríe en una escena
dramática.  Y, además, mire usted el
éxito que tienen las comedias teatrales o los unipersonales.

Es verdad (sonríe), pero eso tiene que ver muchas cosas y
con una tradición también. Nos hemos acostumbrado desde el siglo XIX a
vernos  a través de la comedia. Todos los
autores previos desde Pardo y Aliaga y Yerovi son autores cómicos. Entonces el
costumbrismo sigue siendo algo muy fuerte. Eso explica el éxito de una serie
como Al fondo hay sitio, que es
evidentemente un ejemplo de costumbrismo. No creo que seamos escapistas
solamente, en general creo que los peruanos somos muy reacios a mirarnos punto
(ríe), y más a mirarnos en serio. Pero creo que tiene que ver no con una cosa de
nuestra idiosincrasia sino con toda una tradición literaria que heredamos.

¿Qué cosas más
disfruta del teatro? ¿Qué cosas son las que menos disfruta del teatro?

(Suspira y mira hacia arriba). A ver cuando soy actor no me
gustan los ensayos y me encantan las funciones. No es que no me guste ensayar,
porque es fundamental, pero el proceso de ensayo siempre es tortuoso, difícil,
yo me peleo con el personaje, no con el director (sonríe). Pero cuando dirijo
me encantan los ensayos y no me gustan las funciones. Porque cuando diriges,
exploras, pero en las funciones solo puedes mirar y si vas a corregir algo lo
haces al final.

¿Usted vive para el
teatro o por el teatro?

(Piensa) Yo creo que las dos cosas. Con el tiempo creo que
vivo más por el teatro que para el teatro. Creo que ahora el teatro es más una
manera de vivir mejor. Ahora estoy empezando a tomarme más tiempo para
descansar. Antes el teatro era mi vida 24 horas al día, ahora es 12 horas al
día nada más (ríe).

Decir que vive del
teatro es imposible ¿no? Para eso está la televisión.

Bueno es muy complicado, pero no solo está la televisión. Yo
tengo, como muchos peruanos un montón de trabajos, cosas que disfruto. Enseño,
actúo, hago voces para comerciales. Felizmente tengo la suerte de que las cosas
que hago me gustan y tiene que ver con lo que me gusta hacer.

¿Cómo le gustaría que
lo recuerden como un gran actor o un gran director?

A mí me gusta que me recuerden más como un profesor. Por un
lado me enorgullezco de haber llevado una carrera a la que estoy agradecido,
pero por otro lado me hace muy feliz saber que he colaborado en la vida de
otras personas que han escogido el teatro como su opción. Eso me encanta. Eso
es lo que me hace más feliz en el fondo.

 

CINCO LIBROS
RECOMENDADOS POR ALBERTO ÍSOLA

1. Cuentos de Roberto Bolaño. «Es lo que estoy leyendo
ahora. Los detectives salvajes es una novela que me deslumbró. Me encantan sus
cuentos».

2. El espacio vacío de Peter Brook. «Es un libro que
recomendaría a las personas de teatro y a aquellos que les gusta el teatro,
pero no lo practican. Creo que es el libro más inspirador de teatro que
conozco».

3. Un mundo para Julius, de Alfredo Bryce. «Esta novela se
parece mucho a mi infancia».

4. Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa.
«Me parece un libro fundamental para entender no solo el Perú del siglo
XX».

5. Pinocho de Carlo Collodi. «Mi abuela paterna que era
italiana me lo regaló, y ese sigue siendo mi norte».

Uno más: El Quijote. «Mi abuela materna me regaló una
edición cuando hice la primera comunión que todavía conservo».

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