Alberto Salcedo Ramos: “La escritura es un trabajo demoledor”

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Alberto Salcedo Ramos durante nuestra charla. (Foto: Jaime Cabrera Junco)
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El cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos y una clase de periodismo disfrazada de entrevista.

 

Por Alberto Rincón Effio

Un buen cronista debe ser muchas cosas. Es cierto. Para algunos debe ser un buen reportero, un lector pertinente, un hombre con excelente olfato. Para otros debe tener más de crítico, preguntón y poeta. Incluso, hay quienes dicen que solamente basta con ser un excelente camaleón. Alberto Salcedo Ramos, muchos lo saben, es todas las anteriores. Pero además, un maestro. Alguien que muestra sus cartas y practica el oficio a donde va; alguien que compone en cada abordaje una idea nueva del mundo que lo rodea; un animal literario exquisito que no está contento con las respuestas del mundo y que inaugura los días con preguntas que encubren su forma de tomar la vida: el reportaje. Mientras tanto, nos cuenta cómo vivir de escribir crónicas e interpretar gentes, lugares, momentos.

Alberto Salcedo Ramos es principalmente un escritor ejemplar o, para quienes lo escuchamos, un periodista ávido de preguntas, memorioso y memorable, que si estuviera enterado de la fecha exacta del juicio final la esperaría con la misma sonrisa de quien guarda la fe de poder sobrevivir para contarlo. Y contarlo bien.

 “Siempre fui un fisgón”, has dicho. Y que hoy haces un trabajo que no parece un trabajo. Eso de fisgón, ¿es una buena forma de retratar a un cronista nacido para eso?, ¿o qué crees que es la condición principal de un cronista?
Creo que lo de fisgón es clave, como una necesidad de asomarse por donde no le han dicho a uno que se asome. Yo siempre tuve la idea que para ver la vida como una película o un cuento bastaba con abrir la ventana y ver lo que estaba pasando afuera de la casa. Yo crecí con la idea de que si uno se enfrentaba a la calle, descubría historias y las podía ver en tiempo real, en el momento en que los protagonistas las estaban viviendo, entonces siempre aguzaba la mirada para saber qué estaba pasando más allá de mi entorno. Incluso, tengo el recuerdo de un baile de adultos al que, yo como niño, quise arrimarme; era un baile de carnaval en un pueblo polvoriento de calles destapadas y, yo quería ver lo que estaba pasando en la empalizada que rodeaba el sector donde bailaban los adultos pero como era niño no podía mirar, entonces trataba de buscar un roto para asomarme y en ese momentos un adulto me pisó el pie y siempre he querido ver ese pisotón como una metáfora de lo que le pasa al que quiere asomarse. Quien quiera asomarse corre el riesgo de que lo pisen de esa forma y yo asumí ese riesgo.

¿Consideras que en ese tiempo se forjaba ya un cronista?
Siempre fui un narrador, creo, desde muy temprano descubrí eso. Yo no sabía si lo que quería era contar era ficción o no ficción, no sabía qué rótulo ponerle a eso. Cuando leí Hamlet de Shakespeare, tenía 16 años, me encantó y dije: caramba yo quiero hacer algo así. Parece que estaba un poco arriba esa valla (se ríe), pero lo que te quiero decir es que me envenenaron los autores de ficción y los de no ficción. He sido un lector caótico en el sentido que puedo leer libros de cualquier género, desde un manual de reparación de neveras. Leo por instinto y por pasión, no me gusta la lectura programada como parte de una moda, me parece abominable leer el libro del momento. No creo en eso.

Crees qLaeternaParrandaue te convertiste en lo que eres en un momento preciso, quizás con esa lectura de Hamlet…
Yo creo que sería imposible encontrar un momento iniciático. Creo que los momentos iniciáticos son muchos porque en la adolescencia fue clave el narrar. Yo tengo el recuerdo, una mañana que estaba en el parque donde había un montón de chicos jugando futbol y yo estaba sentado en una banca del parque. Allí había un panorama que me pareció desolador, porque yo no entraba al juego, no corría como el chico que más corría pero tampoco era el que afuera de la cancha se ligaba a las chicas más lindas. Entonces me preguntaba, cuál es mi lugar. En algún momento empecé a contar historias, la chica linda y el chico rápido vinieron a sentarse a mi lado, y se armó como un corrillo a mí alrededor; me gustó esa sensación como de poder. Con la palabra podía armar un tinglado a mi lado.

Dices en tu ensayo ‘La roca de Flaubert’ que te gusta la frase de Flaubert “Un escritor se aferra a su obra como a una roca para no desaparecer bajo las olas del mundo que lo rodea”, ¿cuál es tu roca?
La escritura es un trabajo demoledor que me hace recordar la parábola del alacrán que se envenena con su propia cola. La escritura te cobra con jirones de pellejo, te quita posibilidad de convivencia con cierta gente que quieres, es un trabajo absorbente. Ese trabajo, a veces, hace que se te acerque el que está lejos y se te aleje el que esté cerca. Los escritores suelen ser seres neuróticos. Julio Ramón Ribeyro decía que “Lo que hace a los escritores frecuentables es la muerte”. Todos son lindos cuando están muertos. Cuando uno está escribiendo se arma como una estampida, mucha gente se va, y, al final, la roca a la que uno se aferra, es lo que ha escrito. Nosotros tiramos la botella de náufrago y nosotros mismos la encontramos.

También dices que “El periodismo adiestra al escritor en el descubrimiento de los temas esenciales para el hombre”…
Es que, cuando uno hace periodismo, uno tiene interacción con una fauna humana variopinta. Uno ve al truhán, al malandro, al rey, al mendigo, al mezquino, al generoso, conoce mucho de la condición humana.

¿De ahí que muchos escritores hayan pasado antes por el periodismo?
Yo creo que el periodismo ayuda pero en un momento del proyecto toca tomar distancia, por lo menos, del periodismo del día a día que es tan agotador. Ese periodismo sí está hecho como para que uno no escriba. Es un periodismo necesario pero no para el que tiene el proyecto de escribir cosas que lo reten, lo desafíen.

Dices “Los seres humanos no necesitan de la ficción para huir de la realidad, sino, para enfrentarla”, es casi una versión contraria a la mayoría que sostiene que la ficción es un escape de la realidad…
Oscar Wilde decía que “El hombre no creó la máscara para esconderse, sino, para mostrarse”, por eso existen los carnavales. Los carnavales son la gran ficción. En los carnavales los pueblos se depuran. Te disfrazas de lo que has querido ser y no has podido ser: pistolero, rey, serpiente, tigre de bengala y, al término de esa farsa colectiva, los pueblos están lavados. Yo creo que la ficción en la literatura funciona de la misma manera. El ser humano necesita ese salirse de sí mismo a través de la máscara para enfrentar  lo que no ha podido enfrentar antes. Siempre he dicho que cuando a Flaubert le preguntan ¿quién es Madame Bovary? Él hizo la respuesta famosa “Madame Bovary, soy yo” y era él era su ficción. Uno es la ficción que crea para mostrarse.

AlbertoSalcedoRamos2Tú como cronista, entonces, tratas de descubrir a estos hombres con la máscara puesta…
Los personajes a los que uno se acerca se disfrazan cuando uno se acerca a escribir sobre ellos. Todos tienen un disfraz. No me gusta jugar al sicoanálisis. Me gusta más un encuentro desprevenido que jugar a ser listo. Me gusta regalarme la oportunidad de conocer quién es esa persona y regalarle a esa persona la oportunidad a que se muestre sin prevenciones.

¿Qué escritor serías tú si fueras de otro país?
En Colombia se dice que si Franz Kafka fuera colombiano sería un escritor costumbrista, en Perú también lo oí. Creo que perdí como escritor, al principio, algo importante que es la interacción con libros. Yo crecí en un pueblo muy pobre donde no había bibliotecas. Crecí en una casa de un señor que era ganadero que, creo yo, despreciaba los libros. Crecí oyendo voces, muchas, y descubrí con el paso de los años que yo tuve que inventarme los primeros libros oyendo hablar a la gente. Cuando yo iba al parque aguzaba el oído para oír lo que hablaban los campesinos del pueblo, estaba tratando de leer los libros que todavía no podíamos leer porque no había bibliotecas.

¿Para qué crees que sirve un cronista?
Para dejar testimonios de asombros, de hechos que lo conmueven, para construir memoria y creo que también puede servir para encantar a alguien con un relato. Para hacer que alguien se monte en la alfombra voladora que proponía Emily Dickinson, que decía “contar historias es invitar a alguien a un viaje en una alfombra voladora.”

Hay una corriente de periodistas que quieren ver la crónica también como un negocio…
Siempre ha habido en la literatura dos corrientes, la de los que quieren ser escritores y de los que escriben. Hay un montón de gente que atesta los bares para hablar de los maravillosos libros que quieren escribir y hay otra que está frente a la soledad de su computadora escribiendo esos libros de los que otros hablan en los bares. Por eso Faulkner hablaba de la transpiración y Balzac decía que lo que hacía a un autor genial era poner el ‘culo’ en la silla. Yo creo que es un trabajo aunque hay mucha gente que tiene una visión bobalicona de lo que es escribir.

Te gusta esa frase “Todo aquello en lo que no puedo dejar de pensar es mi tema” que dice Stephen Vizcinczey.
Ese es uno de mis mandamientos. El mejor tema es ese, el que te come la materia gris, el que se te viene a la memoria cuando te vas a acostar, cuando te despiertas.

Entonces tienes infinitos temas…
Con los años he aprendido a no andar por ahí con una linterna y un rifle de cazador buscando temas. Sinceramente, creo que estoy viejo para estar buscando temas. Más bien creo que es mejor dedicarse a reconocer los temas. Más que buscarlos. Decir: ‘Este es mi tema’.

salcedoPortadaBotella¿Y, cómo encontrar una buena historia?
Creo que una buena historia se encuentra cuando el autor sabe mirar. Cuando el autor tiene una mirada que le ayuda a reconocer el tema que le pertenece porque no todos nos pertenecen. No todos los temas te conectan, es como en el amor. Hay millones de mujeres pero hay una que te hace temblar el piso, con los temas es igual. Hay temas que le producen a uno esa necesidad de asomarse, que despiertan al fisgón que hay en uno desde niño.

¿Qué temas te mueven el piso con tanta experiencia en el oficio?
Yo soy muy curioso y creo que el motor de la escritura en general es la curiosidad. Esa curiosidad suele despertarse con temas que para los demás son intrascendentes. Yo a veces estoy hablando en una reunión social y a veces ellos abordan un tema que a mí me despierta curiosidad y a ellos le sorprende eso. Nosotros nos fijamos en detalles que para los demás son inadvertidos. Hay algo de capricho, de sensibilidad de tiburón que sabe que para aquello que a los demás le parece intrascendente está la sangre que nos alimenta.

En la escritura misma, ¿cómo vas calibrando para no aburrir al lector y engancharlo de inicio a fin?
Alfred Hitchcock decía que el cine es como la vida sin los momentos aburridos. Creo que narrar es eliminarle a los temas el aburrimiento que traen implícitos. Cuando un narrador satura sus temas de detalles irrelevantes el lector se va. Hay que tener sentido del ritmo, de la alquimia del lenguaje, naturalidad en la voz, encanto para escribir. Para mí un escritor tiene mucho de Sherezada, Rulfo, Dostoievski que era el gran fisgón porque era el fisgón más cruel porque no abría la ventana para mirar hacia afuera sino lo que miraba era hacia dentro del ser humano y para eso se metía en su psiquis con un taladro.

Y cómo vas midiéndote a ti mismo…
Yo he sido una persona que escribe mucho, tengo una columna, me gusta mucho interactuar con editores que me ayuden a no ser un perro que ladra acostado. No hay nada peor que ese perro viejo que ya no quiere ni levantarse del rincón para ladrarle al visitante. Tengo las alertas activadas para no convertirme en eso, un autor que tiene una formula. Un buen escritor debe ser capaz de dinamitarse a sí mismo, no solo dinamitar su fórmula.

¿Y cuál es el aprendizaje más importante que has tenido en tu oficio?
No sé si pudiese llegar de golpe a cuál es ese instante o cuál es esa lección. Yo haría una defensa de la lectura. Aidan Chambers decía que el primer lector de un escritor es él mismo y por lo tanto uno escribe para sí mismo y hay que alimentar a ese lector que somos porque pudiera ser que ese va a ser el único que nos va a leer. Yo diría que en la medida en que uno afina el pulso como lector, afina el pulso como escritor. Creo que siempre hay que estar leyendo y encontrando en los demás pretextos para enamorarnos del oficio. Los autores que uno ama contribuyen a que uno se enamore más del trabajo que uno hace. En los libros oigo voces que me ayudan a oír mejor mi propia voz.

 

LOS CINCO LIBROS FAVORITOS DE ALBERTO SALCEDO RAMOS

  1. El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle.
  2. La banda que escribía torcido, de Marc Weingarten.
  3. Messi, de Leonardo Faccio.
  4. Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez.
  5. Poesía completa, de Juan Manuel Roca.

 

 

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